

Mientras las ruinas emergen, ríos de Europa comienzan a mostrar las señales de un clima que está cambiando.
Hay ríos que llevan agua y otros que llevan memoria. El Tíber pertenece a los dos. Durante siglos atravesó Roma con mercancías, ejércitos, historias y leyendas.
Vio nacer una civilización. Vio caer un imperio. Y casi dos mil años después, devuelve una parte de aquello que guardó, un puente que volvió desde el pasado
La sequía hizo retroceder las aguas y aparecieron los restos del antiguo Pons Neronianus, conocido como Puente de Nerón.
Los especialistas sitúan su construcción durante el siglo I.
Su función era importante. Conectaba el Campo de Marte, en la margen izquierda del Tíber, con el Ager Vaticanus, las tierras situadas al otro lado del río.
Era el camino hacia una zona vinculada al poder imperial.
Allí existían propiedades de la familia imperial y el gran circo que había comenzado a construirse bajo Calígula y que posteriormente sería asociado con Nerón.

Era un territorio donde se mezclaban poder, religión, espectáculo y muerte.
En el año 64 después de Cristo, Roma sufrió uno de sus incendios más famosos. El fuego destruyó enormes sectores de la ciudad.
Y después llegó la persecución de los cristianos ordenada por Nerón, según el relato de Tácito.
Los emperadores cambiaron. La ciudad se transformó. Y el viejo puente perdió importancia.
Más tarde, el emperador Adriano construyó el puente que hoy conocemos como Ponte Sant’Angelo, aguas arriba.
El viejo Pons Neronianus dejó de ser imprescindible. Y comenzó lentamente su viaje hacia el olvido.
Durante siglos, la ciudad siguió creciendo sobre una historia que permanecía debajo de sus aguas.
Hasta que el clima cambió.

En los últimos días, después de un período prolongado de sequía y calor, el nivel del rio descendió de manera extraordinaria.
El caudal llegó a situarse por debajo de los 80 metros cúbicos por segundo, aproximadamente la mitad del promedio histórico de julio.
Y entonces las ruinas del antiguo puente quedaron expuestas. Dos mil años después, las piedras estaban nuevamente bajo el sol.
La sequía permite mirar el pasado pero también amenaza nuestro futuro.
Lo que ocurre en Roma forma parte de una imagen más impresionante.
Europa mira hacia sus ríos. Y en muchos, el agua retrocede dramáticamente.
Los datos muestran que durante este verano, varios de los grandes ríos del continente, han alcanzado niveles históricos.
El Po en Italia, el Rin en Alemania, el Danubio, que atraviesa varios países de Europa central y oriental. Ríos que durante siglos, parecieron permanentes, hoy muestran otra realidad.
En Alemania, el Rin sufrió niveles excepcionalmente bajos. Y el problema no es solamente visual.

Es una de las grandes arterias económicas de Europa.
En Italia, el Po también se encuentra entre los grandes ríos afectados por la actual sequía. El río más largo del país es fundamental para la agricultura y numerosas actividades del norte italiano.

En Francia, las temperaturas elevadas y las condiciones de los ríos han obligado a reducir o detener temporalmente algunos reactores nucleares, debido a las dificultades para disponer de agua suficientemente fría para sus sistemas de refrigeración.
El problema deja de ser solamente ambiental. Quizás por eso las imágenes resultan inquietantes.
Porque el pasado aparece cuando el presente comienza a quedarse sin agua, con ríos tienen historia y memoria.





