Mujeres en medio de la destrucción

Sociedad 27/10/2026

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Nunca en las últimas tres décadas las mujeres y las niñas habían padecido tanto las consecuencias de guerras que no batallan. Casi el 20% de la población femenina mundial, es decir 756 millones de personas, vivía a menos de 50 kilómetros de un conflicto armado, una cifra que alcanza su nivel más alto desde la década de 1990. 

A ello se suma que casi el 40% de los 426,4 millones de mujeres y niñas que viven en pobreza extrema residen en países afectados por conflictos. Así lo afirma el informe de ONU Mujeres, que señala que “el aumento de la violencia, los desplazamientos, el colapso de los servicios esenciales y las crisis humanitarias prolongadas incrementan los riesgos a los que se enfrentan y profundizan desigualdades existentes”.

La ONU advierte que los conflictos armados profundizan la pobreza, la violencia sexual y la desigualdad, mientras cae la financiación destinada a proteger los derechos de las mujeres y disminuye su participación en las negociaciones de paz.

El impacto de los conflictos también se refleja en el número de víctimas. Según los datos citados por ONU Mujeres, las mujeres y las niñas representan aproximadamente una de cada cuatro víctimas civiles, una proporción que evidencia el agravamiento de los riesgos para la población no combatiente.

La exposición a los enfrentamientos no se limita a los bombardeos o los ataques directos. También implica la pérdida de viviendas, la interrupción de la atención médica, la falta de alimentos y agua potable, y mayores obstáculos para acceder a la educación y al empleo.

Las mujeres y las niñas representaban alrededor del 60% de las 117,8 millones de personas desplazadas en el mundo durante 2025. En muchos contextos, abandonar sus hogares las expone a un mayor riesgo de violencia sexual, explotación y otras formas de abuso.

La ONU también advierte sobre el crecimiento de la violencia relacionada con los conflictos. Los casos documentados casi se cuadruplicaron desde 2022, aunque las cifras oficiales podrían estar muy por debajo de la magnitud real, debido a las dificultades para denunciar y registrar estos delitos.

La pobreza constituye otra de las consecuencias más graves: casi el 40% de los 426,4 millones de mujeres y niñas que viven en condiciones de pobreza extrema residen en países afectados por conflictos.

La destrucción de hospitales y maternidades, junto con la escasez de medicamentos, electricidad, alimentos y agua potable, ha golpeado especialmente la salud de las mujeres embarazadas y de los recién nacidos. El deterioro de la atención evidencia que las consecuencias de una guerra pueden extenderse mucho más allá del campo de batalla.

Los enfrentamientos también destruyen oportunidades de futuro. Los ataques contra infraestructuras escolares dejaron sin acceso a la enseñanza a 127 millones de niños, niñas y jóvenes en edad escolar primaria y secundaria.

Las niñas que viven en zonas de conflicto tienen 2,5 veces más probabilidades de quedar fuera del sistema educativo que aquellas que viven en contextos sin guerras. La interrupción de los estudios limita sus posibilidades de acceder a empleos dignos y perpetúa los ciclos de pobreza y desigualdad.

Los conflictos armados han alcanzado un nuevo máximo histórico, con el mayor número de guerras registrado desde 1945. Al mismo tiempo, el gasto militar mundial, en constante ascenso, roza ya los tres billones de dólares anuales mientras disminuyen por quinto año consecutivo la ayuda bilateral asignable al apoyo a la igualdad de género y los derechos de las mujeres. Además, solo un 5% tiene la igualdad de género como objetivo principal, y apenas un 0,4% llega directamente a organizaciones que se dedican a ayudar a las mujeres.

Mientras aumentan las necesidades humanitarias, disminuyen los recursos destinados a proteger los derechos de las mujeres. La ayuda bilateral destinada a la igualdad de género y los derechos de las mujeres descendió de 24.600 millones de dólares en 2023 a 21.700 millones en 2024. Además, la financiación específica para organizaciones de mujeres que trabajan en zonas de conflicto cayó un 22% durante ese último año, hasta situarse en 168 millones de dólares.

La reducción de fondos amenaza la continuidad de organizaciones que brindan asistencia, protegen a sobrevivientes de violencia y sostienen a comunidades afectadas por la guerra. ONU Mujeres advierte que cerca del 40% de las 855 organizaciones consultadas temía tener que cerrar, temporal o permanentemente, durante el año siguiente por falta de recursos.

A la exposición a la violencia se suma la escasa participación de las mujeres en las decisiones que determinan el fin de los conflictos. En 2025, representaron apenas el 5% de los negociadores en los 57 procesos de paz analizados por la ONU, frente al 7% registrado el año anterior. En los parlamentos de los países afectados por conflictos ocupaban solamente el 20% de los escaños.

La exclusión contrasta con el papel que desempeñan muchas mujeres en la mediación local, la asistencia humanitaria y la reconstrucción de las comunidades. Su participación resulta fundamental para que los acuerdos de paz contemplen las necesidades de las personas más afectadas por la violencia.

El informe de ONU Mujeres plantea una advertencia que va más allá de las cifras: los conflictos armados no solo destruyen vidas e infraestructuras, sino que también profundizan desigualdades económicas, sociales y políticas que pueden persistir durante generaciones.

Con más mujeres expuestas a la guerra, menos financiación para las organizaciones que las protegen y una participación femenina cada vez menor en las negociaciones, la distancia entre los compromisos internacionales y la realidad sigue creciendo.

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En Ucrania, la guerra continúa golpeando especialmente a las mujeres y las niñas, que enfrentan desplazamientos forzados, pérdida de sus hogares, separación familiar y mayores dificultades para acceder a servicios básicos. Muchas debieron abandonar sus comunidades y asumir nuevas responsabilidades económicas y de cuidado, mientras persisten los riesgos de violencia de género y las consecuencias psicológicas de vivir bajo los bombardeos y la incertidumbre. La interrupción de la educación y la pérdida de oportunidades laborales profundizan, además, las desigualdades que ya existían antes del conflicto.

En Sudán, la guerra desató una de las mayores crisis humanitarias del mundo, con millones de personas obligadas a abandonar sus hogares. Las mujeres y las niñas se encuentran entre las más expuestas a la violencia sexual, los matrimonios forzados, el hambre y la falta de atención sanitaria. En los campos de desplazados y las comunidades que reciben a quienes huyen de los combates, el acceso al agua potable, los alimentos y la protección resulta cada vez más difícil.

La conclusión es contundente: las mujeres y las niñas soportan una parte desproporcionada de las consecuencias de conflictos en los que rara vez tienen capacidad de decisión. Sin protección efectiva, recursos suficientes y una participación real en los procesos de paz, la igualdad seguirá siendo una de las grandes víctimas de las guerras.

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