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Mundial

Qatar será el primer país árabe sede de la Copa. Democracia, trabajadores y diversidad.

Deportes 14/11/2022
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Qatar, virtual centro del planeta a partir del domingo próximo, está bajo escrutinio. Será el primer país árabe sede de un Mundial de fútbol y Occidente apunta. No habla de Lionel Messi, Neymar o Kylian Mbappé, sino de democracia, trabajadores explotados y diversidad sexual. También los organismos de Derechos Humanos aprovechan el palco global de la pelota y, con razón, nos piden que, además de fútbol, miremos con ojos vigilantes a la pequeña petromonarquía del Golfo Arábigo. Human Rights Watch, fundado en 1978 en Nueva York, hasta ofrece un cuestionario con diez preguntas que los periodistas que Irán al Mundial.

Una de ellas dice: “¿Qué está haciendo la FIFA para garantizar que los trabajadores migrantes tengan la misma libertad que todos los turistas de la Copa Mundial, como ver los juegos y mezclarse con los visitantes?”

En Brasil 2014, los estadios tenían público mayoritariamente blanco. No estaban entre ese público masivo que insultaba ferozmente a la presidenta Dilma Rousseff y nos anticipaba que llegaría un monstruo llamado Jair Bolsonaro. Si un Mundial sirve para mostrarse al mundo, Rusia no parece el mejor ejemplo. Cuatro años después, invasión de Ucrania mediante, sufre repudio generalizado.

La narrativa sobre Medio Oriente, sobre el mundo árabe, musulmán, sobre las monarquías que gobiernan en la riqueza del Golfo, omite el pasado colonial y acentuó su mirada inquisidora desde que, en 2010, Qatar ganó inesperadamente la votación de la FIFA, superando en la rueda final a un gigante como Estados Unidos. Enojado, el FBI impulsó en 2015 el FIFAGate que derrocó a esa vieja FIFA corrupta, pero que no pudo encontrar evidencias directas de sobornos cataríes.

El poder sugirió entonces a Qatar que debía compartir el Mundial, especialmente con la poderosa Arabia Saudita. En plena puja, los países vecinos hasta le impusieron un bloqueo regional. Pero jamás cedió. Las críticas arreciaron en las últimas semanas, ante la inminencia de la Copa, recordando especialmente a los estadios supermodernos, construídos con trabajo esclavizado. Y cifras de obreros muertos. Qatar responde acusando a Occidente de “racismo”. Allí está el periódico francés Le Canard Enchainé, que días atrás graficó todos los estereotipos posibles: una selección catarí de “salvajes” enojados con “larga barba” y armados con lanzacohetes, AK-47, una bomba atada en la cintura y cuchillo.
Árabes atrasados y violentos.

Qatar invoca justamente al Mundial como fuerza de cambio para sepultar viejas leyes y se presenta como pionero reformista en la región. Pero los incidentes, es más que probable, podrían seguir en pleno Mundial. No es un secreto que habrá un masivo arribo de periodistas no deportivos que hurgarán fuera de los estadios y también de turistas futbolizados que, posiblemente, obligarán a relajar leyes islámicas. Es un escenario poco agradable para un sector conservador que mira todo con desconfianza. El Mundial es muchas cosas a la vez. Para puede ser una prueba de fuego para su ingreso al llamado mundo moderno.

Entre los tantos documentales premundialistas de la tele, además de la arenga dramatizada de Leo Messi a sus compañeros en la previa de la Copa América ganada en el Maracaná (“Sean eternos campeones de América”), hay uno de Netflix que busca explicar el inesperado Mundial. “FIFA Uncovered” nos cuenta la ambición del ex presidente de la FIFA, Joseph Blatter, dándole en aquella doble votación de 2010 el Mundial 2018 a Rusia y el de 2022 a Estados Unidos. Pero ignorando que la codicia que él mismo había permitido entre su dirigencia terminó desbordándolo. Fueron los votos que permitieron golear 14–8 a Estados Unidos en la votación final. Eso sí, Blatter también nos recuerda que la codicia no fue solo del Tercer Mundo, de dirigentes latinoamericanos o africanos. Asegura que también parte de Europa votó por Qatar. Parte de la misma Europa que ahora quiere boicotear, aunque sea simbólicamente, ese Mundial que supieron conseguir.

Se hace referencia además a Argentina 78. La FIFA mantuvo allí la sede pese a que nuestro país sufría desde dos años antes la peor de sus dictaduras. La sede hoy, tampoco es un gobierno democrático. Pero resulta difícil encontrar democracias en la región. Europa balcanizó al Golfo para seguir dominando. Y, dentro de esos pequeños Estados, Qatar creció con vuelo propio en los últimos años. Primero fue la creación de Al Jazeera, la cadena de noticias que goza de notable libertad informativa para investigar a gobiernos vecinos y al resto del mundo, poniéndole nombre propio inclusive a cierta prensa poderosa, cómplice de dictaduras en Latinoamérica, un tema tabú para otras grandes cadenas internacionales. Tras su ingreso al control de los medios, se metió luego en la mejor máquina de “soft power” del mundo moderno: el fútbol.

Primero fue la compra del club París Saint-Germain que hoy cuenta con tres de los mejores jugadores del mundo, Messi, Neymar y Mbappé. Y luego fue el Mundial 2022. Fue demasiada ostentación. Para los vecinos y también para el Viejo mundo. Y, bien intencionados o no, también para quienes ahora dicen qué preguntas deben formularle los periodistas a los funcionarios de la FIFA. Otros, directamente, piden que boicotear.

El deporte como atajo moral. Nunca se hicieron preguntas semejantes para comprarle petróleo o venderle riquezas al oro catarí, desde hoteles a galerías de arte de las principales capitales europeas. Pero sí con el Mundial.

Un Mundial suele ocupar históricamente en Argentina, país futbolero, el centro de nuestras vidas. Siempre nos creímos los mejores, solo que el mundo no lo reconocía. “El fútbol fue jugado por primera vez en Inglaterra, pero inventado en Argentina”, ironizaba un viejo escritor. Y no solo no ganábamos Mundiales, sino que peor aún, llegamos a no clasificarnos (México 70) o irnos humillados (Alemania 74). Luego, fueron los milagros de Diego Maradona en México 86. Y, ya en los últimos Mundiales, fue Messi.

Curioso, a sus 35 años, en su quinto Mundial, aliviado acaso por la conquista de la última Copa América en el Maracaná, pero ante todo él mismo ya crecido, es otra vez Messi, su notable estado de forma, su deseo maduro de ganar por fin un Mundial, lo que alimenta la mayor esperanza argentina. También, claro, está el equipo, porque creció después de aquella conquista, incluido su cuerpo técnico de bajo perfil, liderado por Lionel Scaloni. En los últimos meses, es cierto, algunos de esos jugadores bajaron su nivel y además llegaron las lesiones (la ausencia de Giovanni Lo Celso no es menor). Nunca un Mundial tuvo a sus estrellas jugando para sus clubes hasta apenas días antes del debut. El enojo de los grandes clubes europeos por el Mundial, que fue trasladado a noviembre-diciembre para evitar el verano, terminó presionando psicológicamente a los jugadores. Y exponiendo demasiado sus cuerpos hasta último momento. Hay cracks de peso que se quedarán sin Mundial tras sufrir lesiones infantiles. Pese a ello, como pocos Mundiales antes, sigue ofreciendo sensaciones notables para cuando comience el juego.

La Copa tendrá muchos buenos jugadores en un pico de rendimiento. Y muchas buenas selecciones con aspiraciones parejas de ganar el título. Si supera la primera etapa, como debería suceder, Argentina tendrá una prueba de fuego ya muy pronto en la segunda rueda, cuando supuestamente deba enfrentarse contra el campeón mundial vigente (la Francia de Mbappé) o contra una de las mejores selecciones europeas del último año (Dinamarca). ¿Y acaso el Brasil pletórico de grandes estrellas no llega como candidato? ¿Y Alemania? ¿Bélgica? ¿Inglaterra? A veces, tal la euforia local, pareciera que los rivales no importan, que solo Argentina debería ganar.
A nuestra selección, es cierto, le falta poco para el ideal, pero tampoco le sobra nada. Su compromiso colectivo emociona y contagia. Promueve optimismo. Y Messi allí. Invitando al sueño colectivo. El de un país que no llega a fin de mes. Pero sí siente que, al menos, puede ser rey de la pelota.

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