

153 femicidios, 556 intentos y 109 niñas, niños y adolescentes que quedaron sin madre durante los primeros siete meses del año.
Una vida cada 33 horas. Esa es la dimensión que adquiere la violencia extrema contra las mujeres en Argentina.
Desde enero hasta agosto se contabilizaron 153 femicidios y 556 intentos de femicidio. Como consecuencia de estos crímenes, 109 niñas, niños y adolescentes quedaron sin su madre.
Pero detrás de cada cifra hay una historia. Una mujer que tenía una vida, una familia, un trabajo, proyectos y vínculos que quedaron interrumpidos.
Uno de los datos más contundentes del registro aparece al observar dónde ocurrieron los asesinatos.

El 67% de los femicidios ocurrió en la vivienda de la víctima o en una vivienda compartida con el agresor.
La casa, el lugar asociado habitualmente con la protección y la intimidad, aparece así como escenario de una parte importante de los crímenes.
El 14% de los casos ocurrió en la vía pública, mientras que el resto se distribuyó entre otros lugares.
En la mayoría de los casos existe un vínculo previo entre víctima y agresor.
El informe señala que el 60% de los femicidios fue cometido por parejas, exparejas o familiares.
También aparecen hombres conocidos por las víctimas, integrantes de bandas criminales y, en una proporción menor, agresores desconocidos.
El dato muestra una característica que atraviesa buena parte de los casos: el agresor no siempre es alguien que aparece de manera inesperada. En muchos episodios forma parte del entorno cotidiano de la víctima.
La edad promedio de las mujeres asesinadas fue de 39 años y la de los agresores, de 41.
El 9% de las víctimas había denunciado previamente a su agresor.
Entre esas mujeres, el 75% tenía una medida de restricción de contacto o una perimetral y el 12% contaba con botón antipánico.
Las cifras forman parte del registro de los primeros siete meses del año y muestran la existencia de situaciones de violencia que habían llegado previamente a conocimiento de las autoridades.
Las modalidades utilizadas también forman parte del relevamiento.
El 32% de las mujeres fue asesinado con armas de fuego; el 24%, con armas blancas; el 13%, mediante asfixia y el 11%, a golpes.
Cada modalidad representa una forma diferente de violencia, pero todas terminan en el mismo resultado: una vida interrumpida.
El femicidio no termina con la muerte de la víctima. Según MuMaLá, el 40% de las mujeres asesinadas tenía hijos e hijas.

En los primeros siete meses de 2026, 109 niñas, niños y adolescentes quedaron sin su madre.
Son víctimas indirectas de una violencia que modifica para siempre sus vidas.
La consigna Ni Una Menos movilizó a miles de personas en todo el país y colocó la violencia contra las mujeres en el centro de la agenda pública.
Desde entonces se sancionaron nuevas leyes, se crearon registros, organismos y programas y se incorporaron herramientas destinadas a prevenir la violencia y asistir a las víctimas.
Entre ellas estuvieron la Ley Micaela, la Ley Brisa, el Registro Nacional de Femicidios, el Programa Acompañar y la creación del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad.
Durante el sea gestión i se produjeron modificaciones en esa estructura institucional, incluido el cierre del Ministerio y cambios posteriores en los organismos y programas relacionados con estas políticas.
A diez años de aquella multitud que salió a las calles bajo una misma consigna, los datos vuelven a poner los números frente a una realidad que todavía duele.
Una ausencia es para toda la vida Una vida cada 33 horas.









