Desigualdad de género y cambio climático

26/10/2026

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La crisis climática es uno de los problemas más acuciantes de nuestra época. Amenaza con revertir el avance en materia de derechos humanos y desarrollo sostenible, y agudiza la desigualdad de género.

El cambio climático no afecta a todas las personas de la misma manera. Mientras las sequías, las inundaciones y las olas de calor ponen en riesgo a comunidades enteras, millones de mujeres y niñas enfrentan obstáculos adicionales para protegerse, recuperar sus ingresos y adaptarse a un planeta cada vez más afectado por los fenómenos extremos.

La desigualdad económica, el acceso limitado a los recursos y la distribución desigual de las tareas de cuidado agravan las consecuencias de una crisis que va mucho más allá del medio ambiente.

La crisis climática no es neutra de cara al género. Las mujeres y niñas sufren los peores efectos, lo que agrava las desigualdades de género y plantea amenazas únicas a sus medios de vida, salud y seguridad.   

La justicia climática feminista aporta una perspectiva de género a la lucha contra el cambio climático y advierte que los factores que impulsan la crisis climática también impulsan las desigualdades de género.   

En el informe Panorama de Género se indica que hasta 158 millones más de mujeres y niñas podrían caer en la pobreza de aquí a 2050, 16 millones más que el número total de hombres y niños. 

Las previsiones indican que 1.100 millones de mujeres y niñas seguirán padeciendo inseguridad alimentaria en 2030. En muchas regiones, las mujeres cargan con una responsabilidad desproporcionada para garantizar alimentos, agua y combustible a sus familias. Cuando estos recursos se vuelven escasos debido al cambio climático, las mujeres deben trabajar más duro y viajar más lejos.

Esto también ejerce una mayor presión sobre las niñas, quienes a menudo deben abandonar la escuela para ayudar a sus madres a sobrellevar la carga adicional.  

Un informe de la Iniciativa Spotlight de la ONU encuentra que el cambio climático está intensificando las tensiones sociales y económicas que alimentan el aumento de la violencia contra las mujeres y las niñas. Por ejemplo, un estudio destacado en el informe constató un aumento del 28% de los feminicidios durante las olas de calor.

Si no se toman medidas urgentes, el cambio climático podría estar relacionado con uno de cada diez casos de violencia de género en parejas a finales de siglo. Estos efectos son más graves en las comunidades frágiles, donde las mujeres ya se enfrentan a desigualdades arraigadas y son más vulnerables a las agresiones.

Una sequía prolongada o una inundación intensa que afecten la agricultura local pueden destruir las fuentes de ingresos y el acceso a alimentos y agua potable.

Esto puede ser un detonante en las zonas donde ya hay desestabilización política.  La inestabilidad y la pobreza que acarrean estos conflictos climáticos conducen a más casos de violencia relacionada con los conflictos, trata de personas y matrimonio infantil. 

El cambio climático provoca fenómenos meteorológicos más extremos y otras catástrofes naturales. Cuando ocurren desastres, las mujeres tienen más probabilidades de sufrir sus efectos y suelen ser las más perjudicadas debido a las desigualdades de género que han creado disparidades en la información, la circulación, la toma de decisiones y el acceso a los recursos y la formación desde hace tanto tiempo.   

Como consecuencia, las mujeres y niñas tienen mayores dificultades para recibir socorro y asistencia, lo que amenaza aún más sus medios de vida, bienestar y recuperación, además de crear un círculo vicioso de vulnerabilidad ante futuros desastres.  

El cambio climático también repercute en la salud materna y neonatal, en especial cuando los desastres y conflictos limitan el acceso a los servicios y a la atención sanitaria. Las investigaciones indican que el calor extremo aumenta la probabilidad de mortinatos, y el incremento de las temperaturas globales contribuye a la propagación de enfermedades transmitidas por vectores, como la malaria, el dengue y el virus del Zika. 

La escasez de agua es uno de los ejemplos más claros. En distintas regiones del mundo, las mujeres y las niñas son responsables de conseguir agua para sus hogares. Cuando las sequías reducen la disponibilidad, deben recorrer distancias mayores y dedicar más tiempo a una tarea indispensable, lo que puede limitar sus posibilidades de estudiar, trabajar y generar ingresos propios.

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El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático advierte que los riesgos climáticos se combinan con factores sociales y económicos preexistentes. La pobreza, la falta de infraestructura y las desigualdades en el acceso a los recursos aumentan la exposición de determinados grupos y reducen sus posibilidades de adaptación.

En América Latina, las sequías prolongadas, las inundaciones y los incendios forestales afectan tanto a las comunidades rurales como a los sectores urbanos más vulnerables.

Cuando un desastre destruye una
vivienda o interrumpe una actividad laboral, las mujeres que dependen de empleos informales o carecen de ahorros pueden encontrar mayores dificultades para recuperarse. La falta de títulos de propiedad o de cobertura también puede obstaculizar el acceso a programas de asistencia.

Las consecuencias no terminan cuando desaparece el peligro inmediato. En los refugios temporales y las comunidades desplazadas, la falta de privacidad, las dificultades para acceder a servicios sanitarios y la interrupción de la atención médica pueden generar riesgos adicionales. Los organismos internacionales también advierten sobre la necesidad de prevenir la violencia de género y garantizar la protección de mujeres y niñas durante las emergencias.

Cuando una inundación interrumpe el suministro de agua o electricidad, o cuando una ola de calor afecta a personas mayores y niños, las tareas domésticas y familiares se vuelven más exigentes. Ese trabajo, que recae desproporcionadamente sobre las mujeres, suele quedar fuera de las estadísticas económicas, aunque resulta esencial para sostener a las familias y las comunidades.

Mientras el mundo se enfrenta a las consecuencias del cambio climático, a los recortes en la ayuda internacional y el desarrollo, y al retroceso en materia de progreso social e igualdad de género, es fundamental priorizar los derechos y el liderazgo de las mujeres y niñas en la acción climática. Eso significa aumentar las inversiones y el acceso a empleos verdes, como el trabajo de cuidados, la agricultura sostenible y las energías renovables.  

Hacer frente a la desigualdad de género implica comprender mejor los efectos complejos y variados del cambio climático. Cuanto más entendamos estos efectos, más sólidas y sostenibles serán las soluciones climáticas. 

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