La caída

El País 28/07/2026

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La generación de la incertidumbre, cae la confianza del consumidor y uno de cada dos jóvenes argentinos vive en situación de vulnerabilidad

El deterioro del humor económico golpea con más fuerza a los hogares de menores ingresos, mientras crecen el endeudamiento juvenil y la dependencia del apoyo familiar.

La economía argentina no solo se refleja en la inflación, el dólar o el crecimiento del Producto Bruto Interno. También se mide por la confianza que tienen las personas en su presente y en su futuro. Y ese indicador acaba de encender una señal de alerta.

Según el último Índice de Confianza del Consumidor (ICC) elaborado por el Centro de Investigación en Finanzas (CIF) de la Universidad Torcuato Di Tella, la confianza de los argentinos cayó un 4,8% en julio, cortando tres meses consecutivos de recuperación.

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El índice descendió hasta 40,67 puntos, registrando además una baja interanual del 12,3%, la más pronunciada desde la pandemia de COVID-19 en 2020.

Pero detrás de ese dato general existen diferencias que muestran dónde el deterioro es más profundo.

El informe revela que la caída fue prácticamente generalizada, aunque con distinta intensidad según la región.

  • Gran Buenos Aires (GBA): -6,35%, siendo además la región con el índice más bajo del país (38,12 puntos).
  • Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA): -6,24%.
  • Interior del país: -1,68%, aunque continúa mostrando el mayor nivel de confianza (45,55 puntos).

La diferencia refleja una realidad económica desigual. Mientras algunas provincias mantienen mejores expectativas impulsadas por actividades productivas y economías regionales, las grandes urbes metropolitanas sienten con mayor intensidad el impacto del costo de vida, los servicios y la pérdida del poder adquisitivo.

Según datos del sistema financiero, 5,8 millones de personas registraban deudas impagas en mayo de 2026, lo que representa un aumento superior al 140% respecto de julio de 2024. 

Desde noviembre de 2023, el índice de salarios acumuló una caída real de 9,2%. El retroceso fue de 4,8% para los trabajadores privados registrados y de 17% para los empleados públicos.

Aunque algunos sectores vinculados a las exportaciones muestran dinamismo, la economía ligada al mercado interno continúa debilitada.

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Las ventas en supermercados cayeron 2,3% interanual en mayo, según el INDEC. En el acumulado de enero a mayo, la baja fue del 3%.

Los hogares de ingresos bajos registraron una caída del 11,47%, mientras que en los hogares de ingresos altos la disminución fue de apenas 1,45%.

Como resultado, el índice de confianza quedó en 35,99 puntos para los sectores de menores recursos, frente a 43,45 puntos entre los de mayores ingresos.

Esto confirma que la desaceleración de la inflación todavía no se traduce  en una mejora percibida por quienes destinan la mayor parte de sus ingresos al consumo básico.

El Índice de Confianza del Consumidor se construye a partir de tres grandes dimensiones.

Situación personal. Fue uno de los componentes más afectados. La percepción sobre la economía del propio hogar continúa deteriorándose y refleja la dificultad de muchas familias para recuperar su poder de compra. En el balance de la actual gestión, este indicador acumula una baja del 5,4%.

Expectativas futuras. Las perspectivas sobre la economía para los próximos meses retrocedieron 7,2% respecto de junio, aunque siguen siendo el componente con mejor puntaje relativo (47,1 puntos). Esto muestra que aún existe una expectativa moderadamente positiva sobre el futuro, aunque cada vez más debilitada.

Condiciones presentes. La evaluación de la situación económica actual cayó 1,24% mensual, ubicándose en apenas 34,2 puntos, uno de los niveles más bajos del índice. Es el reflejo de que muchas familias todavía no perciben mejoras concretas en su economía cotidiana.

El deterioro de la confianza coincide con otro dato alarmante. Un informe elaborado por la Universidad de Buenos Aires (UBA) reveló que uno de cada dos jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad multidimensional.

La investigación advierte que las dificultades ya no se limitan únicamente al ingreso económico. También incluyen problemas de acceso al empleo formal, dificultades para alquilar una vivienda, limitaciones para continuar estudios superiores, problemas de salud mental y menores oportunidades de desarrollo personal.

En otras palabras, gran parte de la nueva generación enfrenta obstáculos simultáneos que condicionan su proyecto de vida.

Frente a salarios que aún no logran recuperar plenamente el poder adquisitivo, el crédito se convirtió en una forma de sostener el consumo.

Tarjetas de crédito, préstamos personales, financiamiento de billeteras virtuales y compras en cuotas, permiten afrontar gastos cotidianos, pero también incrementan en forma alarmante el nivel de endeudamiento.

Cada vez más personas destinan una proporción significativa de sus ingresos al pago de cuotas e intereses, reduciendo su capacidad de ahorro y aumentando su vulnerabilidad frente a cualquier imprevisto.

Otro fenómeno que crece es la llamada deuda familiar. Padres y abuelos vuelven a convertirse en el principal respaldo económico para cubrir alquileres, alimentos, servicios, estudios o cancelar préstamos de hijos y nietos.

Lo que antes era una ayuda ocasional se transformó, para muchas familias, en un mecanismo permanente de contención. La caída de la confianza también modifica la forma de consumir.

El deterioro de la situación financiera de los hogares también queda reflejado en la evolución de la morosidad.

Un informe del Instituto Argentina Grande (IAG), elaborado sobre la base de datos de la Central de Deudores (CENDEU) del Banco Central muestra que la proporción de deudores considerados “irrecuperables” pasó del 9,8% del total del país en mayo de 2025 al 17,2% en mayo de 2026, un incremento de 7,4 puntos porcentuales en apenas un año.

El deterioro fue generalizado en casi todas las provincias, con porcentajes superiores al 20% en varias jurisdicciones del norte y centro del país.


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Los argentinos priorizan promociones, descuentos y cuotas sin interés; comparan precios antes de comprar, reemplazan primeras marcas por alternativas más económicas y postergan la adquisición de bienes durables.

El consumo impulsivo pierde terreno frente a un comportamiento mucho más racional, donde preservar el ingreso se convierte en la principal prioridad.

La recuperación no depende únicamente de las variables macroeconómicas. También requiere que las familias vuelvan a sentir que su situación mejora, que los salarios recuperen capacidad de compra, que exista mayor estabilidad laboral y que los jóvenes puedan proyectar un futuro sin depender del crédito o del apoyo económico de sus familias.

Los datos describen dos caras de un mismo fenómeno: una sociedad enfrenta enormes desafíos para recuperar la seguridad económica y reconstruir las expectativas sobre el futuro.

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