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Alberto reapareció en la escena local y se rompió a la CGT. ¿Un anticipo de lo que viene?

Editorial Beat 27/09/2022
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La liquidación récord del dólar soja permitió sumar algo de tiempo frente al ahogo de reservas y algo de fortaleza ante la debilidad en el mismo rubro que, de no corregirse, hubiera dado lugar a una devaluación desordenada, precipitada e inevitable aún con mayores controles. El éxito del planteo, como suele suceder cuando algo sale bien, es también la antesala de sus propios dilemas. La soja que se liquidó ya no se volverá a liquidar. Hacia adelante, de no querer incurrir en brutales pérdidas contables que impliquen revender a 150 pesos para una maniobra financiera lo mismo que acaba de comprar a 200, deberá encontrar un camino de reducción de la brecha cambiaria que supone en sus versiones menos traumáticas una devaluación acaso más ordenada y limitada que la que se hubiera producido sin reservas en el Banco Central, un plan de estabilización más o menos agresivo o una combinación de ambas.

Tampoco es un dilema sencillo. En el actual panorama de controles de cambios y capitales, nadie tiene demasiado claro cuántos precios se están fijando al oficial y cuántos al resto. Un informe de la consultora Analytica estima que el 57% de los bienes y servicios del índice de precios al consumidor sigue la variación del tipo de cambio oficial. Esa estimación supone un piso de traslado a precios por vía de costos que se agrava en sus riesgos en la medida en que no haya herramientas para una recomposición de reservas más agresiva aún que la alcanzada hasta el momento, una caída en el nivel de actividad y herramientas que sumen credibilidad en relación a la posibilidad de sostener el tipo de cambio luego de que la devaluación sucediera. La crisis no pasó.

La situación social que existe como correlato del escenario inflacionario supone otros problemas. Paz social y acceso al mercado de cambios se podría resumir. Ninguna está garantizada.

Si a algunos hombres de negocios el mandato de Mauricio Macri les hizo ver que el único lubricante político para las reformas que ellos entienden que el país necesita es el peronismo, el conflicto en el sector del neumático los debe hacer mirar con cariño a la dirigencia sindical peronista y con preocupación el ascenso de la izquierda en distintas actividades gremiales. El conflicto sindical, que se prolongó por más de cinco meses de negociación salarial y más de una treintena de audiencias, cuya última manifestación fue una forma de lockout patronal como lo es el cierre de las tres plantas de producción -una de capitales nacionales y dos multinacionales- tiene características inéditas y preocupantes para la Argentina reciente. El conflicto tiene un problema extra: la interlocución con el gobierno está muy deteriorada. 

La dirección que precedió a Crespo en el Sindicato del Neumático, había inaugurado una mirada diferente en tiempos de enormes dificultades para las fábricas en Argentina. Como condición para aceptar una reducción salarial y evitar una tanda de despidos masivos y posible cierre en el año 2001, el sindicato negoció con la empresa Bridgestone una cláusula permanente de participación en las ganancias de la empresa. Los trabajadores, que siempre sufren en momentos difíciles, podrían participar de los resultados en los momentos virtuosos. La cláusula de participación significó, el último año, un pago de cerca de un millón de pesos por trabajador. Que sea en este rubro donde no aparezca una salida creativa que supere un conflicto coyuntural en el que los montos salariales “habituales” no constituyen el problema principal deja en evidencia una conflictividad en la que la inflación podría llegar a tener un peso cuanto menos similar al de la política de cara a un año electoral como el que comienza y a un gobierno debilitado.

El aumento de la conflictividad y el deterioro social en un contexto en el que la derecha se constituyó como principal opción de recambio político alimenta los riesgos vinculados a una radicalización de la que el ataque a la vicepresidenta es, apenas, una punta. La reacción del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires ante las tomas de algunos colegios, con denuncias penales y civiles ante un reclamo social bastante ordinario, da cuenta de un ánimo social al que Horacio Rodríguez Larreta no muestra voluntad de enfrentar. Las recientes elecciones en Italia, un país desarrollado, pero donde el producto por habitante no crece desde hace más de veinte años, echa por tierra cualquier hipótesis sobre el carácter necesariamente progresivo del descontento. La victoria de la neofascista Giorgia Meloni en un clima generalizado de apatía muestra los resultados de un estado de ánimo que luego tiene consecuencias concretas.

Difícilmente quienes concibieron la salida de Dilma Rousseff en 2016, por una causa que esta semana el Ministerio Público descartó que constituyera siquiera una falta administrativa, hayan esperado una victoria de Jair Bolsonaro en 2018. El favorito de los analistas era el moderado Geraldo Alckmin, que articuló tras su candidatura a casi todos los espacios partidarios de centroderecha. Alckmin no llegó al 5% de los votos, Bolsonaro fue electo presidente y la democracia brasileña se degradó como no lo había hecho desde la vuelta de los gobiernos civiles. Alckmin es hoy candidato a vicepresidente de Lula y espera enmendar la plana el próximo domingo en primera vuelta.

Alberto Fernández reapareció en la escena local y se rompió a la CGT. Un anticipo de lo que viene en un país fracturado.

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