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El mundo es de los multimillonarios

Grace Blakeley explica por qué “no es solo que puedan permitirse comprar más cosas que el resto; es que controlan los recursos de los que nosotros dependemos para sobrevivir”.

Sociedad 25/04/2022
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El último informe de Oxfam sobre la desigualdad de la riqueza en el mundo dibuja un sombrío panorama de los cambios que se han producido en la economía mundial en el transcurso de la pandemia. Según la investigación de la organización benéfica, los diez hombres más ricos del mundo duplicaron su riqueza en el transcurso del año pasado, lo que significa que ganaron el equivalente a 1 300 millones de dólares al día.

El problema de la desigualdad entre los multimillonarios y todos los demás no es solo que puedan permitirse comprar más cosas que el resto; es que controlan los recursos de los que nosotros dependemos para sobrevivir.

Tomemos por ejemplo a Jeff Bezos, cuya riqueza existe principalmente en forma de acciones de Amazon. Cuando medimos la escala de la riqueza de Bezos, no solo miramos lo rico que es, sino también lo poderoso que es. El hecho de que Bezos controle personalmente alrededor del 10% de una de las empresas más grandes y valiosas del mundo significa que tiene una cantidad significativa de control sobre el funcionamiento de la economía.

Puede influir en los salarios que fija Amazon, lo que determina los ingresos de millones de personas en todo el mundo. Puede influir en las decisiones de inversión de la empresa, que no solo determinan el número de puestos de trabajo que se crearán en la economía, sino también el tipo de bienes, servicios y tecnologías que probablemente se desarrollarán en los próximos años. Puede contribuir a toda una serie de decisiones que tienen un enorme impacto en el resto de la sociedad, desde la huella medioambiental de la empresa hasta su responsabilidad fiscal total.

Lo mismo puede decirse de otros multimillonarios que controlan la mayor parte de los recursos del mundo. Los magnates de la propiedad fijan nuestros alquileres e influyen en los precios de la tierra y la propiedad en todo el mundo. Los financieros determinan el destino de las inversiones, lo que determina todo tipo de tendencias sociales, como el cambio tecnológico, la intensidad del carbono en la producción y la geografía de la producción. Y los magnates de los medios de comunicación contribuyen a dar forma a la propia información que recibimos para entender estas tendencias.

Las decisiones tomadas por este pequeño puñado de hombres tienen un enorme impacto en casi todos los ámbitos de nuestras vidas: desde nuestros salarios, hasta nuestros alquileres, pasando por la temperatura de nuestro planeta. Y sin embargo, ejercen esta extraordinaria cantidad de poder sin apenas rendir cuentas.

Nadie en su sano juicio diría que esta es una forma racional de organizar una economía. La mayoría de los economistas mainstream sostienen que personas como Jeff Bezos no tienen realmente tanto poder como creemos. Las decisiones de Amazon, argumentan, están totalmente determinadas por las tendencias más amplias del mercado. Bezos no toma las decisiones, sino el mercado.

Sin embargo, en un mundo caracterizado por niveles extremos de desigualdad, altos índices de concentración del mercado y la captura del Estado por parte de las empresas, este punto de vista es mucho más difícil de defender. Cuando 10 hombres pueden perder casi todo lo que tienen y seguir siendo más ricos que casi todos los demás en el planeta, es absurdo argumentar que no tienen el control porque el mercado lo tiene. Estos hombres son el mercado (literalmente, en el caso de Jeff Bezos).

Si Bezos decide que quiere perfeccionar los vuelos espaciales comerciales, así es como se utilizarán los escasos recursos de la humanidad en un futuro previsible; al igual que si Amazon decide recortar su masa salarial, los ingresos de los más desfavorecidos disminuirán mientras que los beneficios de los más ricos aumentarán.

La desigualdad no solo importa porque es injusta; la desigualdad importa porque la riqueza de los de arriba está supeditada a la pobreza de los de abajo. Oxfam subraya precisamente este punto en el informe de este año, argumentando que «la desigualdad extrema es una forma de violencia económica, en la que las políticas y las decisiones políticas que perpetúan la riqueza y el poder de unos pocos privilegiados tienen como resultado un daño directo para la gran mayoría de la gente común en todo el mundo y el propio planeta».

En ningún lugar ha quedado más claro que en las respuestas de los gobiernos y bancos centrales del Norte a la pandemia, que han inyectado miles de millones de dólares en los bolsillos de los ricos mientras dejaban a muchos de los más desfavorecidos a su suerte.

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