Ciudades que se hunden

El mundo14/10/2026

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Un estudio científico basado en observaciones satelitales analizó 465 ciudades de todo el mundo y detectó zonas donde el terreno desciende a un ritmo preocupante. La extracción de agua subterránea, la urbanización y las características del suelo están entre los factores que explican el fenómeno.

El suelo sobre el que se levantan cientos de grandes ciudades está descendiendo de manera progresiva. Aunque en muchos lugares el movimiento se mide en milímetros por año, en sectores el hundimiento alcanza varios centímetros y puede aumentar la vulnerabilidad de millones de personas frente a las inundaciones.

Un estudio publicado en la revista Nature Cities, examinó 465 ciudades y permitió identificar la extensión de un fenómeno que representa un desafío creciente para la planificación urbana y la infraestructura.

El hundimiento del terreno es un fenómeno global. Algunos países están cambiando de capital porque las antiguas se están hundiendo.

Tomando como valor central la mediana dentro de cada ciudad, las asiáticas son las que más se están hundiendo, con valores que alcanzan los 33 milímetros al año. Así, en el lapso de tiempo que cubre el estudio, se han hundido un tercio de metro. Hace dos años, usando la misma interferometría de radar de apertura sintética (InSAR) a bordo del Sentinel-1, otros investigadores ya mostraron la situación por la que están pasando las ciudades chinas, que estaban sucumbiendo al peso de sus edificios. Lo que hace InSAR es enviar pulsos de microondas hacia la superficie terrestre y registrar en qué fase se halla la onda en su rebote. Al pasar de forma periódica por el mismo punto, así se puede saber si sube o baja, aunque sea un milímetro.

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Las que menos descienden son las urbes europeas, de Oceanía y las africanas, con valores de 3, 4 y 6 milímetros, respectivamente. En España, por ejemplo, Madrid se hunde apenas 0,2 milímetros al año, mientras que Barcelona lo hace a 0,9 milímetros anuales. Entre medias de asiáticas y europeas, se encuentran las americanas, que pueden alcanzar los 17 milímetros al año de hundimiento.

Pero la mediana es un valor central de toda la ciudad. Por eso, los investigadores se fijaron también en los valores más extremos. Ahí destacan urbes como Ciudad de México, con zonas que se hunden a un ritmo de 216,5 milímetros anuales, casi un metro cada cuatro años. La siguen Bandung y Medan, ambas en Indonesia, que están bajando en torno a 10 centímetros al año.

Estas cifras reflejan la importancia de distinguir entre los valores máximos detectados en determinados sectores y las mediciones representativas de una ciudad. No significa que toda su superficie descienda a la misma velocidad. El fenómeno tampoco afecta exclusivamente a las ciudades costeras. Las características geológicas, la composición del terreno y las actividades humanas pueden provocar hundimientos en áreas interiores.

Una de las causas más importantes es la extracción excesiva de agua subterránea. Cuando se bombea agua de los acuíferos durante períodos prolongados, los sedimentos que la contienen pueden compactarse. Si esa compactación es permanente, la superficie del terreno desciende.

El crecimiento urbano también puede influir. El peso de los edificios y las infraestructuras, sumado a la transformación de terrenos blandos o previamente rellenados, puede contribuir al asentamiento del suelo. A estos factores se agregan las condiciones geológicas de cada región y los procesos naturales que modifican lentamente la superficie terrestre.

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El hundimiento del terreno puede tener consecuencias directas sobre la vida urbana. Cuando una superficie pierde altura respecto de su entorno, puede aumentar la dificultad para evacuar el agua de lluvia y elevarse el riesgo de inundaciones.

En las ciudades costeras, el problema puede ser todavía más complejo. Si el terreno desciende al mismo tiempo que aumenta el nivel del mar, las zonas bajas quedan expuestas a una presión adicional. Esta combinación puede incrementar la vulnerabilidad de barrios residenciales, puertos, carreteras y redes de saneamiento.

El estudio también muestra que algunas ciudades, casi todas europeas o japonesas, en vez de hundirse, están emergiendo. Uno de los ejemplos más conocidos  es el de Osaka. Durante la mayor parte del siglo, el bombeo de aguas subterráneas para saciar a una megaurbe que tiene hoy 15 millones de habitantes provocó que el nivel de la capa freática bajara una treintena de metros. Eso se tradujo en una subsidencia de dos metros en diversos puntos de la ciudad. La restricción a la extracción y el uso de fuentes alternativas revirtió el proceso. Ahora, Osaka se eleva unos cuatro milímetros al año.

Tras años hundiéndose, las grandes ciudades del noreste de China, con Pekín a la cabeza, también se están recuperando. Desde 2016, el eje Pekín-Tianjin, donde viven unas 50 millones de personas, está elevándose.

El desafío es especialmente importante en las ciudades que dependen intensamente del agua subterránea para abastecer a su población y sostener su actividad económica. Regular la extracción, mejorar el monitoreo del terreno y adaptar las infraestructuras son algunas de las medidas que pueden contribuir a reducir los impactos.

El hundimiento urbano es un proceso lento, pero sus consecuencias pueden acumularse durante décadas. Los milímetros que se pierden año tras año pueden convertirse en diferencias de altura significativas, con efectos sobre las viviendas, los servicios esenciales y la seguridad de millones de habitantes.

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