

Fue un viaje maravilloso que nos volvió a reencontrar. Hay acontecimientos que se explican con estadísticas, resultados y títulos. Y otros, que necesitan ser comprendidos desde la emoción, la memoria y la identidad.
El Mundial pertenece a la segunda. Más allá de los goles, la final y los festejos, terminó convirtiéndose en un espejo donde millones de argentinos volvieron a mirarse.
Un evento que hoy, a dias de terminado, sirve hasta para discutir más allá de fútbol. Como no pueden cancelar a Trump, cancelan a un país periférico y subdesarrollado, que parece fuera un imperio. Aquellos que eligieron a Trump dos veces, critican a un pueblo del sur y lo acusan de racista.
Los europeos no logran procesar su propio racismo, actual y problemático, con el dilema que les plantea la inmigración africana y castigan a una nación que cometió el pecado de querer ser europea, y ese quizás sea el deseo de la Europa actual. Volver a ser.
Argentina se convirtió en un chivo expiatorio, ese lugar donde proyectar traumas y obsesiones. Un reflejo de ellos mismos. Y allí confluyen problemas profundos, guerras, posturas ideológicas. 
Somos el país del Papa Francisco y de la Scaloneta con la Virgen en el vestuario, pero sin negros, dicen artistas que tienen demasiado amor propio y son solo lo superficial. Y allí aparece España, campeona legítima y merecida, con sus reyes en el palco. En fin.
Malvinas que por un día la selección puso en la boca del mundo, es eso que tenemos en común en esta Argentina dividida. Que aleja la polarización y el negocio del país dividido. La Copa es cada selección y cada sueño, un acontecimiento en el que aflora la periferia olvidada, desde Cabo Verde hasta Ghana, la fiesta del mundo real, que incluye hasta la exportación de los traumas del norte del planeta.
Lionel Messi vivió sólo trece años en el país. Barcelona pagó el precio del tratamiento que garantizó su desarrollo. Pero decidió ser lo que es, argentino. Y fue un elegido.
Se nos fue el Mundial. Llegamos lejos, con lo que quedaba. Un mes donde el tiempo funcionó diferente.
Cuando terminó, Messi se sentó en el pasto, mirando los festejos ajenos. Un tiempo después, con la medalla y la cabeza levantada, lloró de tristeza por primera vez en el Mundial. Un final impresionante para un deportista fuera de serie. A veinte años de su primer mundial. A minutos de haber terminado su tercera fina en la Copa del Mundo. No fueron la cuarta ni el bicampeonato.
Fue más que eso. Perdurar más allá de un título o logro.
Antes, héroe en ese partido ante Inglaterra que evocó la nieve de Malvinas, donde rebotan los sonido de los pibes, como dice la canción, que fueron a morir.
Messi llegó sin la necesidad de demostrar quién era. Su legado ya estaba construido. Sin embargo, el torneo le ofreció la posibilidad de cerrar su carrera de la manera más emotiva posible, transformando cada partido en una despedida compartida con un país entero. Y siempre fue el mejor Messi, hasta la final donde se quedó sin fuerzas.
Fue la oportunidad de ver al capitán conducir a una generación que marcó una época. El final de una era. Fue un relato colectivo que permitió recuperar valores, reconstruir vínculos y recordar que la Selección representa algo que nos trasciende.
En un país atravesado por diferencias políticas, económicas y sociales, el fútbol volvió a convertirse en un lenguaje común.
Su liderazgo, perseverancia y capacidad para volver a empezar, después de cada frustración, terminaron siendo tan importantes como sus logros. El final de un recorrido que millones de personas sintieron como propio.
La figura de Lionel Scaloni aparece asociada a esa transformación. Su conducción priorizó la humildad, la confianza y el compromiso antes que los grandes discursos. Poco a poco logró formar un plantel donde el protagonismo estaba distribuido y donde cada integrante entendía que el éxito colectivo era más importante que cualquier reconocimiento personal.
Ese espíritu terminó siendo una de las principales razones por las que tantos argentinos se sintieron identificados.
Allí el deporte funciona como una herramienta capaz de transmitir valores que acompañarán a las personas durante toda la vida. Por eso, cuando la Selección alcanza un logro histórico, detrás de cada jugador también aparecen entrenadores, dirigentes, voluntarios y familias que hicieron posible ese recorrido.
Cada partido funciona como una metáfora de la historia nacional: un país que conoce las derrotas, que atraviesa dificultades permanentes y que, aun así, conserva una extraordinaria capacidad para volver a intentarlo.
La Selección representa una versión posible de la Argentina: aquella donde las diferencias se transforman en cooperación y donde el éxito es el resultado de un proyecto compartido.
No se celebra solamente un triunfo; también, la posibilidad de creer nuevamente en un proyecto colectivo.
Lo que probablemente permanezca será el recuerdo de una sociedad que encontró, aunque fuera por un momento, una razón para abrazarse.
La imagen de Messi emocionado, de sus compañeros acompañándolo, de millones de personas celebrando en las calles resume el verdadero significado del Mundial.
Las grandes victorias deportivas no cambian por sí solas la realidad de un país. Pero sí pueden modificar la manera en que una sociedad se mira a sí misma. Pueden devolver esperanza, fortalecer la identidad y recordar que las historias compartidas siguen siendo uno de los mayores patrimonios de una nación.
Lo extraordinario fue que durante unas semanas, un país acostumbrado a discutir por todo, encontró un motivo para emocionarse. Tuvimos el mejor ciclo de la historia y no alcanzó. O sí, los jugadores y el cuerpo técnico, nos honraron con años imborrables. Gracias.









