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La mujer que incomodaba

Sociedad 21/11/2022
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“Yo me pongo el pañuelo y es como un abrazo de mi hijo”, repetía Hebe. Un pañuelo que en la primera marcha en Plaza de Mayo, el 30 de abril de 1977, fue un pañal, después una tela blanca con nombres y fecha de desaparición de sus hijos e hijas y, más tarde, un pañuelo sin distinciones con la inscripción “Aparición con vida de los desaparecidos. Asociación Madres de Plaza de Mayo”. La socialización de la maternidad, de una madre a Madres, de singular a plural, de un hijo a los hijos de todas. “Esta cosa de haber socializado la maternidad nos dió una posibilidad muy grande. Ellos tienen cada uno un poco de cada uno”, contó la presidenta de la asociación que falleció a los 93 años.

Su única hija viva, Alejandra, fue quien comunicó la noticia de la muerte de Hebe Pastor, la mujer que había nacido el 4 de diciembre de 1928, en una casa modesta en Ensenada.

El 8 de febrero de 1977 un grupo de policías secuestró a su hijo Jorge, meses después al segundo, Raúl, y más tarde a la esposa de Jorge, María Elena. Los tres desaparecieron. “Hasta que se llevaron a mi hijo mayor yo era Kika Pastor. En el mismo momento en que desaparece me convierto en Hebe de Bonafini. Esa soy ahora: una madre”, explicó Hebe. Una madre que viajó desde La Plata hasta la Ciudad de Buenos Aires cada jueves para hacer las rondas que empezaron catorce mujeres una tarde fría de abril. Y que en democracia, durante el Juicio a la Juntas, se trasladaba al Palacio de Tribunales para nombrar con un megáfono uno por uno los nombres de los más de 1000 represores que se conocían hasta el momento.

“Me acostumbré a vivir sin María Elena, Jorge y Raúl, pero me acostumbré a vivir con millones o con miles que me llaman y me hablan. No tengo tiempo de extrañarlos, sí cuando hay fechas del almanaque, la mesa es más chiquita y no están”, contó la mujer que presidió la Asociación desde 1979 y que se convirtió en un símbolo de la lucha por los derechos humanos. 

En esa misma plaza, enfrentó a la policía montada durante la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001. Una muralla de mujeres de pañuelos blancos con los brazos enlazados: “La plaza es de la Madres y no de los cobardes”, cantaban ante los policías desbocados que golpeaban con bastones desde arriba de los caballos. “¡Ojo con lo que hacés!, ¡ojo con lo que hacés!”, le gritaba a un policía que había agredido a un periodista.

Hebe de Bonafini incomodaba. Con sus acciones y discursos tensaba la cuerda de los propios y los exponía. “Los hospitales dan vergüenza, las escuelas dan vergüenza, no paga lo que tiene que pagar. Si se recorre la Provincia se ve que es un desastre; pintó todo de color naranja y regaló gorritas, regaló ojotas y toallitas en las playas. Él cree que porque pintó carteles en la autopista va a ganar. Que diga qué hizo y qué va a hacer”, dijo alguna vez sobre el entonces gobernador Scioli.
O como en enero de 2022, cuando escribió una carta abierta para rechazar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional: “Quiero pedirles perdón, perdón de rodillas, porque a pesar de nuestro intenso trabajo de 45 años de lucha, de todas nuestras marchas (casi 3000), no logramos no pagar la deuda externa, que no es nuestra”.

Ella, que había perdido dos hijos terminó cobijando dos parricidas. A Sergio, el mayor de los Schoklender, lo cuidó como propio hasta que la causa por Sueños Compartidos hizo estallar en pedazos esa relación madre-hijo. Del mismo modo tendió su manto sobre Milani, la figura más incómoda para los organismos de derechos humanos en su vínculo con los gobiernos kirchneristas.

Hebe de Bonafini fue territorio, cuerpo, voz, militancia. “Cuando uno tiene algo que no le gusta lo tiene que decir. Lo peor que hay para un gobernante es la obsecuencia. Las madres siempre hemos sido muy honestas con nosotros mismas”, dijo hace meses en una entrevista radial después de criticar al presidente Alberto Fernández. 

Hebe fue honesta con  el legado de sus hijos e hijas. La historia le reconocerá el enorme trabajo que hizo. 

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