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Fusilar a Cristina

Editorial Beat 05/09/2022
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Cuando Sabag Montiel levantó la Bersa calibre 32 para apuntar contra Cristina, un brazo policial debió haberle pegado en la mano en el acto para desviar sus disparos hacia arriba. La vicepresidenta debería haber estado rodeada por un escudo humano que la acompañara, guiado por una máxima fundamental: mirando a la gente y no a ella. En esa zona de máxima proximidad, que los especialistas llaman 001, la custodia de la Policía Federal que está encargada de cuidar a la figura política más importante de la Argentina -también la más odiada- no puede fallar. Menos como lo hizo.

Una vez que el atacante dispara, la custodia debe tener armado un plan de contingencia para replegar a la persona atacada y llevársela en el instante, porque puede haber más disparos o un segundo tirador en otra zona del lugar. El personal policial, que es el que lleva los chalecos antibalas, tenía obligación de cubrir a Cristina y retirarla en forma urgente en un operativo que está especificado y se llama tren de fuga. Lo que se hizo fue todo lo contrario: la vicepresidenta siguió caminando, acercándose a saludar a la gente.

Millones de personas pudieron ver que, al momento en que Sabag Montiel gatilla sobre la cabeza de Cristina, la custodia aparecía lejos, entre distraída y anestesiada. Casualidad o no, Diego Carbone, el policía federal que es jefe histórico de la custodia de la ex presidenta y la escolta en forma permanente desde hace casi 20 años, no estaba en la escena.

El jueves 2 estaba de licencia. ¿Alguien sabía que Carbone no iba a estar en la puerta del departamento de Recoleta?

Nadie en el entorno más próximo de CFK advirtió la gravedad de lo que había pasado. El intento de magnicidio de la vicepresidenta fracasó por razones mecánica, falló en el último de sus procedimientos. Respuesta letal a la consigna festiva "si la tocan a Cristina", mas que sus adversarios, ya enemigos,  demostraron que la pueden fusilar, sin problemas.

En un contexto de alta polarización, con Cristina que acaba de entregarse al ajuste más ortodoxo para tomar distancia del abismo económico por un tiempo, el pedido del fiscal Diego Luciani para que vaya a la cárcel y quede inhabilitada de por vida para ser parte del juego político le regaló a la vicepresidenta una oportunidad impensada. Generó, además, una reacción de la militancia que salió a defender su derecho a seguir siendo parte de la democracia.

Ante lo que percibe como hostigamiento judicial y mediático, la vice decidió exponerse de una manera que nunca lo había hecho. En ese rol desconocido que asumió obligada por las circunstancias y que, según dicen, la llena de fuerza, la custodia parece no haber tomado nota de la escalada de odio que suelen tanto denunciar como magnificar desde el oficialismo. No son pocos los que quieren sacarla de la cancha, como sea y ahora mismo. 

Lejos quedó el tiempo en que Stiuso, aliado a la CIA, y el “Fino" Palacios, en línea con el FBI, se disputaban la conducción de la seguridad estatal. Cristina que se enfrentó -tarde pero hasta el final y sin retorno- con el ex jefe de Contrainteligencia que gobernaba a Alberto Nisman ahora aparece desguarnecida, en estado de indefensión.

Hoy el país es un festival de servicios de inteligencia que siguen la pista del avión venezolano iraní mientras la inteligencia se privatiza en beneficio empresario y el Estado argentino aparece sin instrumentos. Hijo de la cultura hippie como se define, Alberto subestimó el tema desde el primer minuto como lo hizo con tantos otros.

Así como le pasa con las reservas del Banco Central que las regaló y muy baratas a las grandes empresas de la Argentina durante casi dos años, no cuenta con resortes de poder esenciales para garantizar la gobernabilidad.

Será tarea de las pericias y de los investigadores confirmar qué fue lo que impidió que las balas fusilaran a Cristina. Nada podrá convencer, de todas maneras, a una parte de la sociedad que cree que Nisman fue asesinado y que señala desde hace más de 7 años como autora del supuesto crimen a la propia vicepresidenta. Tampoco a los sectores de poder que hoy mandan y van a propagar la versión de que lo que pasó el jueves fue una farsa. En breve la vice será acusada de usar la pollera corta.

Habrá que ver si tiene vinculaciones con algún actor del poder o es simplemente un militante que decidió actuar en consonancia con los discursos de odio y hacer lo que muchos otros recomiendan como salida para la Argentina.

Si algo no puede discutirle nadie a la vice es su liderazgo. La dirigencia política, que se dice partidaria del consenso sin practicarlo, tendrá que definir a quien sigue, si se diferencia como lo hacen algunos desde el radicalismo o permanece licuada en la intrascendencia. Para el acuerdo del que tanto se habla, hacen falta nuevos líderes que no le tengan miedo a las patotas de las redes sociales y asuman el riesgo de conducir en serio. Si lo logran y pretenden  gobernar como si lo que representa Cristina fuera apenas un fenómeno marginal, puede ser que vuelvan a ganar una elección para equivocarse una vez mas en el poder y fracasar.

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