Mujeres que eligieron envejecer juntas

Sociedad 15/09/2026

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En Montevideo, un grupo de mujeres intenta cambiar una de las ideas más arraigadas sobre el paso del tiempo: que envejecer significa hacerlo en soledad o resignar autonomía.

Su propuesta es diferente. Quieren construir una casa donde puedan vivir juntas, compartir espacios y acompañarse, pero manteniendo cada una su propia intimidad.

Mujeres con Historia busca convertirse en el primer cohousing feminista de Uruguay destinado a mujeres mayores.

La iniciativa nació de un grupo de mujeres con largas trayectorias de militancia social, política y por los derechos humanos, muchas de ellas atravesadas por la dictadura, el exilio y la lucha por la igualdad de género.

La idea es sencilla pero profunda: envejecer juntas sin dejar de ser independientes. El futuro edificio tendrá viviendas privadas y espacios comunes pensados para compartir la vida cotidiana. Cada residente tendrá un apartamento de unos 28 metros cuadrados, con baño y una pequeña kitchenette, mientras que otros sectores estarán destinados a la convivencia, con cocina comunitaria, comedor y una huerta.

La propuesta recupera además una idea asociada históricamente con la autonomía de las mujeres: tener un espacio propio. Cada una podrá conservar su intimidad, pero tendrá cerca a otras mujeres con quienes compartir una comida, tomar mate, conversar, organizar actividades o simplemente atravesar juntas los años que vienen.

El proyecto se desarrolla en un inmueble ubicado en Ciudad Vieja. La propiedad forma parte del programa Fincas Recuperadas de la Intendencia de Montevideo, que busca recuperar inmuebles abandonados y darles un nuevo uso social.

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Otro paso importante llegó en mayo de 2026, cuando se presentó el anteproyecto ganador del concurso organizado por la Sociedad de Arquitectos del Uruguay junto con la Intendencia de Montevideo y la Asociación Civil Mujeres con Historia. El diseño contempla una torre de seis pisos, conserva la fachada original por su valor patrimonial e incorpora soluciones pensadas para el envejecimiento, como ascensores accesibles.

Pero detrás de los planos y de las discusiones sobre metros cuadrados hay algo mucho más grande. Las mujeres que impulsan el proyecto no llegan a esta etapa de sus vidas desde un lugar común. Muchas atravesaron persecuciones, cárcel, clandestinidad o exilio durante la dictadura uruguaya. Algunas fueron protagonistas de organizaciones sociales y políticas y luego participaron en la construcción de políticas públicas y movimientos feministas.

Para ellas, la vivienda colaborativa no representa solamente una solución habitacional. También es una continuación de una vida construida en comunidad. Después de haber compartido luchas, pérdidas y momentos difíciles, ahora quieren compartir otra parte de la historia: la vejez.

El grupo llegó a reunir inicialmente a 34 mujeres interesadas en la propuesta. Con el paso de los años, algunas fallecieron, otras atravesaron problemas de salud y varias tuvieron que alejarse del proyecto. Actualmente quedan 23 integrantes, aunque alrededor de una docena participa activamente en su desarrollo.

Esa dimensión temporal atraviesa todo el proyecto. Algunas de las integrantes saben que quizá no lleguen a vivir en el edificio terminado. Y, sin embargo, continúan trabajando para que exista. La razón es que entienden que la casa puede trascenderlas y convertirse en una experiencia que otras mujeres puedan replicar.

El cohousing plantea así una pregunta que empieza a adquirir cada vez más importancia en sociedades donde aumenta la expectativa de vida y cómo queremos vivir.

La respuesta de estas mujeres no consiste en negar el envejecimiento ni en idealizarlo. Consiste en pensar una alternativa a la soledad. Una forma de conservar la independencia sin quedar aisladas y de recibir cuidados sin que eso implique perder capacidad de decisión.

La experiencia también pone sobre la mesa un problema que afecta especialmente a las mujeres mayores: la falta de redes de apoyo. Una casa compartida puede convertirse no solo en un lugar para vivir, sino también en una red cotidiana de compañía, solidaridad y cuidado.

En ese sentido, Mujeres con Historia no está construyendo únicamente un edificio. Está intentando construir otra manera de entender la última etapa de la vida.

Una casa donde cada mujer pueda tener su propio espacio, pero nunca sentirse completamente sola. Un lugar donde envejecer no sea sinónimo de desaparecer.

Y donde después de toda una vida de luchar por la autonomía, todavía quede algo por elegir: con quién queremos compartir nuestros últimos capítulos y cómo queremos vivirlos.

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