

El 3 de junio de 2026 se cumplen once años de la primera movilización de Ni Una Menos, el movimiento que transformó la lucha contra la violencia de género en Argentina y que luego se expandió a toda América Latina y otras regiones del mundo.
Sin embargo, más de una década después de aquella histórica marcha, las estadísticas reflejan una realidad alarmante. Según un informe elaborado por el Observatorio “Ahora Que Sí Nos Ven” junto con la Universidad Nacional del Delta, entre el 3 de junio de 2015 y el 24 de mayo de 2026, se registraron al menos 3.205 víctimas letales de violencia de género en Argentina.
Del total, 3.144 fueron femicidios directos y vinculados, 46 fueron transfemicidios y travesticidios y 15 correspondieron a instigaciones al suicidio.
La cifra equivale a un femicidio cada 31 horas durante los últimos once años.
Los números detrás de la tragedia. El informe revela además patrones que se repiten año tras año:
- El 85% de los femicidas pertenecía al círculo íntimo o era conocido de la víctima.
- El 63% de los asesinatos ocurrió en la vivienda de la víctima o en un domicilio compartido con el agresor.
- Al menos 2.714 niñas, niños y adolescentes quedaron huérfanos.
- El 17% de las víctimas había realizado denuncias previas.
- El 10% contaba con medidas judiciales de protección vigentes.
Solo en los primeros cinco meses de 2026, entre el 1° de enero y el 24 de mayo, se contabilizaron 99 víctimas fatales de violencia machista:
- 83 femicidios directos.
- 8 femicidios vinculados.
- 4 travesticidios y transfemicidios.
- 4 casos de instigación al suicidio.
El origen de Ni Una Menos se remonta a mayo de 2015, cuando el asesinato de la adolescente de 14 años Chiara Páez conmocionó al país. La joven fue asesinada en la localidad santafesina de Rufino mientras cursaba un embarazo. La indignación social generó una convocatoria impulsada por periodistas, escritoras, artistas y organizaciones feministas, que desembocó en una movilización histórica el 3 de junio de 2015 frente al Congreso Nacional.
Más de 200.000 personas participaron en Buenos Aires y cientos de miles se movilizaron en distintas ciudades del país.
“Le dijo a su papá que iba a un lugar pero se fue de su casa en una camioneta con dos hombres. No es que no sea cierto, pero ¿qué explica eso sobre lo que ocurrió con Lucía Pérez? (…) Su propia responsabilidad, su culpa: se fue, mintió, como hicimos miles de veces muchas de nosotras, que tuvimos mejor suerte” escribió hace una década Ileana Arduino.
El femicidio de Lucía Pérez, ocurrido en 2016 en la ciudad de Mar del Plata, se convirtió en uno de los casos más emblemáticos de la Argentina contemporánea. No sólo por la conmoción que generó, sino porque abrió una discusión sobre cómo se narran los crímenes de violencia de género.
La sociedad busca explicaciones en la conducta de las víctimas para sentirse segura: pensar que algo hizo, permite creer que el peligro es evitable.
El problema no son monstruos excepcionales o identificables, sino violencias que surgen dentro de estructuras sociales y culturales normalizadas. Presentar a los agresores como monstruos aislados impide analizar las condiciones que hacen posible la violencia de género.
“No son monstruos. Son hombres que actúan en una sociedad que todavía busca explicaciones en las víctimas antes que responsabilidades en los agresores.”
La reflexión cuestiona una práctica frecuente: explicar las conductas de la víctima, con quién salió, dónde estaba, qué hizo o qué dijo, como si esas decisiones pudieran justificar o explicar la violencia. El planteo invierte la mirada y devuelve el foco a quienes ejercen la violencia.
Sea Chiara, Lucía, Agostina o miles más, la violencia no se explica por las acciones de las víctimas, sino por las conductas de quienes la ejercen y por las condiciones que la permiten.

La consigna fue clara y contundente: “Ni Una Menos”, una frase inspirada en la poeta mexicana Susana Chávez, asesinada en Ciudad Juárez en 2011, quien había denunciado los femicidios en México con la expresión “Ni una mujer menos, ni una muerta más”.
Lo que comenzó como una protesta argentina rápidamente se convirtió en un fenómeno internacional. Las movilizaciones inspiraron acciones similares en México, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, España e Italia.
En América Latina, el movimiento ayudó a visibilizar una problemática estructural, la violencia basada en género y los asesinatos de mujeres y diversidades por razones de género.
La violencia de género continúa siendo una de las principales violaciones a los derechos humanos en el mundo. De acuerdo con organismos internacionales, decenas de miles de mujeres son asesinadas cada año por sus parejas o familiares. La mayoría de estos crímenes ocurre dentro del hogar, un patrón que también se refleja en Argentina.
Diversos movimientos globales como #MeToo, las marchas feministas latinoamericanas y las campañas de Naciones Unidas han impulsado una mayor visibilización del problema durante la última década.

Desde 2015, la agenda pública incorporó con mayor fuerza conceptos como femicidio, violencia de género, violencia económica, violencia simbólica y prevención. También se fortalecieron registros estadísticos, protocolos de actuación y programas de asistencia.
Sin embargo, las cifras muestran que la violencia continúa siendo una realidad persistente. Los datos del Observatorio evidencian que el hogar sigue siendo el lugar más peligroso para muchas víctimas y que una parte importante de los casos ocurre aun cuando existían denuncias o medidas de protección previas.
A once años de aquella multitudinaria movilización que marcó un antes y un después en la historia argentina, Ni Una Menos continúa siendo mucho más que una consigna. Detrás de las 3.205 víctimas registradas desde 2015 hay historias interrumpidas, familias atravesadas por el dolor y miles de niños y niñas que crecieron sin sus madres. El desafío sigue siendo el mismo que movilizó a cientos de miles de personas aquel 3 de junio de 2015, construir una sociedad donde ninguna persona sea asesinada por razones de género.
La violencia machista volvió a golpear a Córdoba y al país, con el crimen de Agostina Vega, cuyo asesinato conmocionó a la opinión pública en los días previos a una nueva movilización.
La joven había desaparecido el 23 de mayo de 2026 en la ciudad de Córdoba. Tras una búsqueda que incluyó la activación de la Alerta Sofía, sus restos fueron hallados una semana después en un predio de barrio Ampliación Ferreyra. La investigación tiene como principal acusado a Claudio Barrelier, de 33 años, quien permanece detenido y fue señalado por las pruebas recolectadas por la Justicia como la última persona que estuvo con la adolescente.

Los primeros informes forenses indicaron que Agostina murió por asfixia mecánica y que el crimen se habría producido pocas horas después de su desaparición. La investigación también analiza indicios de abuso sexual y otras circunstancias agravantes.
El caso reavivó cuestionamientos sobre mecanismos de prevención, búsqueda temprana y protección de niñas y adolescentes, además de las evidentes fallas institucionales durante las primeras horas de la investigación.
La historia de Agostina inevitablemente remite a la de Chiara, cuyo femicidio impulsó el nacimiento de Ni Una Menos.
La muerte de otra joven de 14 años, vuelve a interpelar a la sociedad argentina y a recordar que detrás de cada estadística hay una vida truncada, una familia destruida y una deuda que continúa pendiente.
Porque once años después, el grito sigue resonando: Ni Una Menos.








