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Volver al trabajo

Hay una porción de personas que prefiere dejar su puesto antes que volver a marcar tarjeta todos los días.

Sociedad 18/04/2022
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Si se googlea “vuelta a la oficina” es evidente que muchas personas ya lo hicieron antes. Incluso el algoritmo sugiere otras búsquedas similares: “me niego a volver al trabajo”, “no quiero volver a la oficina”, “¿me pueden obligar a volver a la oficina?”. En Twitter la discusión reaparece casi a diario y toma la forma de una catarsis colectiva.

El mundo virtual, ese al que buena parte de los trabajadores fueron confinados con el inicio de la pandemia de Covid-19, es ahora también un espacio donde se investiga y se comparte un temor por el “retorno a la normalidad”, es el refugio de aquellos que se niegan a abandonarlo. 

Según una encuesta publicada por la firma de recursos humanos Adecco Argentina, el 14% de los consultados no quiere volver de ninguna manera al trabajo presencial y el 46% solo está dispuesto a hacerlo con un formato híbrido; no todos los días. Es decir, 60% de los argentinos y argentinas incorporados en el estudio se niega a retomar su vida en el punto que la dejó en marzo de 2020. 

Para 2022 el 51% de los empleadores prevé convocar a todo su personal a tiempo completo, el 46% impulsa un modelo mixto y el 3% apunta a mantener el formato exclusivamente remoto, según la encuesta de Adecco Argentina. Es decir, habrá empleados que deberán volver aunque no quieran. 

En Estados Unidos hablan de “the great resignation”: una oleada de renuncias que se desencadenó frente a la presión de las compañías por volver a la presencialidad. Según las estadísticas oficiales de ese país, el año pasado 47,4 millones de estadounidenses dejaron voluntariamente sus puestos, en muchos casos como una reacción a decisiones corporativas unilaterales. Sirve como ejemplo el caso del banco Goldman Sachs, que ordenó el retorno total de sus empleados a las oficinas de Nueva York para febrero de este año. Cuando llegó el día, solo se apersonó la mitad. Se acumulan las encuestas que lo reafirman: hay una porción de trabajadores que prefiere dejar su puesto antes que volver a marcar tarjeta todos los días e incluso están dispuestos a resignar ingresos.

¿No hay vuelta atrás entonces, el teletrabajo será la nueva normalidad? El economista Eduardo Levy Yeyati, autor de Después del trabajo: el empleo argentino en la cuarta Revolución Industrial (Sudamericana), tiene sus dudas. “El teletrabajo puede sonar glamoroso, pero difícilmente se masifique sin una mejora de la conectividad y la formación digital, dos asignaturas pendientes de la Argentina”, dice.  

La discusión que pone en el centro la voluntad o no de volver a la presencialidad es uno más de los privilegios que tiene el segmento más acomodado de la sociedad

Según un informe de Cippec, el porcentaje de trabajos totales del país que tiene el potencial para realizarse desde el hogar se encuentra entre un 27% y un 29%, ratio que se reduce si se considera la disponibilidad de computadora y conexión a internet en los hogares, llegando a una estimación de piso de 18%. La discusión que pone en el centro la voluntad o no de volver a la presencialidad es uno más de los privilegios que tiene el segmento más acomodado de la sociedad. No se puede cuidar niños ni limpiar una casa por videollamada, tampoco atender mesas en un bar ni repavimentar una ruta. 

Mientras que la pandemia mejoró la calidad de vida de personas empleadas en ciertos sectores “teletrabajables”, dejó efectos muy adversos en otros. Las trabajadoras de casas particulares, por caso, fueron las más afectadas por los cambios derivados de la pandemia. Según datos oficiales, desde 2019 hasta el primer trimestre de 2021 la caída de esta actividad fue del 26,1%; un declive que duplica al del sector hotelero y gastronómico y más que triplica al de la construcción y la industria. 

El fenómeno del “gran renunciamiento” emerge en Estados Unidos vinculado a un contexto laboral en el que los ciudadanos tienen opciones; no es el caso de la mayoría de los argentinos. 

El Estado, que fue el empleador que más personas envió a sus casas —los trabajadores públicos representan cerca del 18% de ocupados de la Argentina— es al que más dificultad le genera internalizar la experiencia. Ana Castellani, secretaria de Gestión y Empleo Público de la Nación afirma que se está volviendo a un esquema de “presencialidad completa” y que se apunta a que el trabajo remoto sea “muy minoritario, en algunas áreas específicas”. “No hay claridad todavía de que sea una ventaja en todos los puestos y organismos”, argumenta. Castellani habla de las “rigideces” que tiene el Estado para modificar su operación y detalla que la forma final que tomará el trabajo en la administración pública nacional se debe consensuar con los sindicatos en la instancia de las paritarias. Por ahora, todos a la oficina. 

La profundización de la precariedad no es el único “lado B” de la modalidad remota. Trabajar desde el hogar propicia un continuo entre la vida personal y productiva que a menudo resulta en una jornada laboral más extendida, sin transiciones claras.

“No tan rápido”, parece decir el doctor en Ciencias Sociales Christian Ferrer, especializado en la filosofía de la técnica y en las ideas libertarias. “La gran mayoría de las personas no son rentistas, es decir que no pueden ganarse el pan de cada día sino con el sudor de sus frentes, están forzadas a trabajar y a aceptar los reglas que impone el mercado de trabajo, mucho más en una época de crisis económica, desempleo, empobrecimiento general y alta inflación”, opina.

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