La zona azul de la cabeza de Dibu Martínez

Copa América 07 de julio de 2021
Arrancamos por el principio: la historia del arquero.
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Un futbolista puede caer hacia cualquiera de los lados. “Estamos perdiendo, no lo vamos a dar vuelta”, ejemplifica sobre la trama cuando el universo está colorado. “Cuando jugamos contra el Chelsea, mi cabeza siempre estaba azul”, concluye para explicar cómo organizó su psiquis. Ese partido lo terminó con los ojos naufragando en lágrimas. Fue en agosto de 2020. Arsenal conquistó la FA Cup y él era titular porque el alemán Bernd Leno estaba lesionado. Tras la gloria, el Aston Villa puso sobre la mesa 21,5 millones de euros para comprarlo. La mayor cifra dedicada a un arquero argentino. Aceptó y le propuso al psicólogo, que había conocido en el club, que lo acompañara. Para Emiliano Martínez, la cabeza es tan importante como las manos. Desde ese universo, clasifica los pensamientos.

Durante la década del 2000, Independiente fue una fábrica de arqueros. Bajo la tutela de Miguel Ángel Santoro, el famoso Pepe, manos de oro de cuatro de las Libertadores y de una Intercontinental que brillan en las vitrinas del rojo, aparecieron talentos impresionantes. Por desgracia, dos de ellos murieron prematuramente. Lucas Molina era una gran promesa y, a los 20 años, el 11 de noviembre de 2004, dijo adiós tras un infarto. En junio del año siguiente, Emiliano Molina -sin parentesco8 con Lucas-, de 17, chocó cerca del Puente Pueyrredón, estuvo doce días internado y murió. Fue una conmoción: Sergio Agüero le dedicó su gol a Racing, el 4-0, cuando bailó a Diego Crosa. El club, sin embargo, seguía sacando talentos de los que se visten diferentes.

“Pepe fue para mí como una madre que enseña a caminar a un hijo”, diagnóstica Martínez. Hasta le puso su apodo: Dibu, por el dibujito animado que aparecía en Telefé. Delante suyo, estaban el Ruso Rodríguez y Oscar Ustari: “Con ellos aprendí a pegarle a la pelota”. En el medio, vio de cerca a Walter Assman y a Adrián Gabbarini. Había aterrizado en Independiente a los 13. Lo trajeron desde Mar del Plata para probarlo. Dos aspectos cautivaron: gran reacción y mucha velocidad. Se formó en el mejor laboratorio de arqueros del país. Tan bueno que el Tata Brown lo convocó para que formara parte del Sudamericano Sub-17 que se jugaba en Chile. La rompió y acabaron subcampeones.

Al retornar, lo convocaron a una reunión el presidente, Julio Comparada, y su representante, Gustavo Goñi. Su deseo más optimista era que le subieran el salario por el gran torneo que había tenido. Fue más. El Arsenal lo había estado mirando en el Sudamericano. Pablo Budna era el scout del club de Londres y, tras elevar sus informes, le habían dado la orden de que lo convenciera de hacer una prueba. La oferta inicial era de 500 mil euros, una fortuna para la época y para un pibe de 17. Terminó funcionando como un plazo fijo por las cláusulas que tenía el acuerdo: 500 mil por si salía campeón, 500 mil si llegaba a tantos partidos, 500 por antigüedad. Incluso en la última transacción entre Arsenal y Aston Villa le tocaron 552 mil dólares al rojo por derechos de formación.

Viajó a Europa con Santoro. Al club le enamoró la fortaleza mental de Martínez. Había un primer paso destrabado. Desde los 13 años, el arquero ya no vivía con sus mapadres. El primer paso de la vida nómade lo había superado. La cultura del trabajo la había heredado: su viejo, Alberto, peleaba contra el frío en el puerto balneario y su mamá, Susana, dividía sus tiempos entre ser ama de casa y personal de limpieza en viviendas. Sin embargo, le planteó sus cagazos a Santoro, que se los resolvió fácil: “Si vos vas a extrañar, traes a tu mamá, cuando tu mamá se canse, viene tu papá, él se cansa y viene tu hermano y así te vas a ir amoldando”. Al décimo día, otra vez, lo sentaron sobre una silla para darle la noticia. Rompió en llanto. 

El futuro llegó hace rato. Más literal imposible. Le dieron un cheque para que se comprara ropa y lo que quisiera. Debía comenzar de nuevo. Por esos días, el Arsenal tenía una estructura deportiva encabezada por un entrenador que también cumplía funciones de manager. El rol de Arsene Wegner se puede comparar con el de Marcelo Gallardo en River. Una cabeza que modela desde la Primera hasta las inferiores. Siendo el encargado de bajar línea sobre cuál es la metodología con la que se trabajará en todas las categorías. El coach francés lo encaró y le señaló: “Serás el arquero del futuro de esta institución”. Sin mentiras, lo repitió en una conferencia de prensa. Debajo de Petr Cech y de David Ospina, figuraba el argentino. Una suerte de elegido.

Wenger condujo el Arsenal durante 22 años y 1.235 encuentros. Era un oráculo. Martínez tenía en claro que no quería regresar a Argentina sin haberse consolidado en Europa. Su club le proponía irse a préstamo para adquirir experiencia. Deambuló por Oxford, Sheffield, Rotherham, Reading y Wolverhampton. Sólo una vez emigró a otro país: en 2017, al Getafe. Pero al manager no le gustó y se lo dijo en la cara: “Quedate acá que en cualquier equipo de cualquier categoría te van a llenar de centros y vas a aprender”. 

Un flash forward: por las Eliminatorias, Argentina se enfrentó contra Colombia, llovió un centro, chocó contra Yerry Mina y su cabeza aterrizó contra el piso. Tuvo que salir con cuello ortopédico y lo reemplazó Agustín Marchesín. Mientras se revolcaba de dolor en el césped y perdía noción de lo que estaba pasando, por reflejo o por sugerencia de Wenger, nunca soltó la pelota de su brazo.

Martínez no se desesperó y absorbió todas las herramientas que podía darle la institución. Tan sólo al llegar le comunicaron que, si aprendía inglés, en cuatro meses le darían un bono. Nunca vio tanta plata junta en su cuenta bancaria: 20 mil libras por haber alcanzado el objetivo. 

Otra tarde oyó que el club daba gratis talleres de yoga y de pilates. No era obligatorio. Probó las dos. La actividad surgida en India lo cautivó: “Es algo muy bueno, sirve para estirar los músculos, para cuidarte. Sobre todo porque acá las temporadas son muy largas y éste es un equipo que tiene un desgaste de tres partidos por semana”. En Argentina, Quilmes es uno de los conjuntos que sumó esta práctica como habitual. Facundo Sava, su entrenador, explica sus virtudes: “Te da flexibilidad, equilibrio, concentración, te ayuda con la respiración, con la fuerza. Una persona puede vivir bien si su única actividad es yoga. Te lleva a un montón de lugares que son muy buenos”.

Por el Arsenal, Martínez vio desfilar a Thierry Henry, a Cesc Fabregas o a Robbie Van Persie. Uno de sus compañeros fue Mikel Arteta. Ahora, DT. El que le dio el puesto cuando Leno se lesionó. El que se la sacó cuando el titular se repuso. A Martínez le apareció la oferta del Aston Villa. El entrenador español apuró a los dirigentes londinenses para que le ofrecieran un mejor contrato para no perderlo. No pudo. La promesa del once inicial en la ciudad de Birmingham era inmejorable. Entonces, la despedida fue con honores. Hasta de parte del arquero que advirtió: “Arteta será uno de los mejores entrenadores del mundo”.

La titularidad era hermana de la Selección. Hasta la temporada pasada, en la Premier League, había cuatro arqueros argentinos. Todos suplentes: Sergio Romero en el United, Willy Caballero en el Chelsea, Paulo Gazzaniga en el Tottenham y Dibu en el Arsenal. Perdían la pulseada con los titulares: Franco Armani (River), Esteban Andrada (Boca), Marchesín (Porto) y Juan Musso (Udinese). Birmingham es, además, la segunda ciudad más poderosa de Gran Bretaña, por encima de Glasgow y de Manchester. 

El plan le funcionó a la perfección: fue titular en los 38 encuentros de la Premier, recibió 46 goles y logró 15 vallas invictas. Solo detrás de Ederson del Manchester City y de Mendy del Chelsea. Estar en la zona azul de su cabeza lo propulsó a todas las cimas. El año pasado, a los 27, afirmó en una entrevista: “Estoy para pelearle a Armani y a Andrada. Si pudiera con Cech, con Ospina y con Leno, me le animo a cualquiera”. Cumplió. Tuvo la mala fortuna contra Chile de haber atajado el penal de Arturo Vidal, pero no llegar a tapar el rebote de Eduardo Vargas. Aun así, ganó.

Y llegó el día en que pudo convertirse en héroe, para siempre.

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