Bailar sobre la grieta

Editorial Beat 20 de junio de 2021
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El fracaso colectivo que experimenta la Argentina desde hace -por lo menos- una década, y del cual uno podría fechar su inicio, sin demasiada arbitrariedad, en el desarrollo del conflicto con el campo, no casualmente, la partera de la historia del cristinismo y el macrismo de masas, invita, por lo menos, a tratar de proyectar y pensar otra cosa. No se trata de darle rivotriles al cristinismo –la que terminó siendo, en el fondo, la única hipótesis del albertismo- o quitarle la botella de cloro al bullrichismo. En este punto, el “es más complejo” se justifica. 

La polarización extrema es, entre otras cosas, la expresión política, en nuestro país y en medio Occidente, de una crisis profunda, material y espiritual, de los sectores medios y trabajadores que modelaron nuestras sociedades de posguerra. El fin de una cierta idea de progreso.

Después del colapso financiero mundial, lo que quedaba de ese consenso estalló por los aires. Se inicia la era de los outsiders en política –del cual Macri fue, de alguna manera, un representante local- y cierta fascinación por esa idea de derrumbe; todos un poco contemplando Roma arder, un proceso profundizado después de la elección de Donald Trump en 2016. 

Desde este 2021 ya es posible extraer algunas conclusiones: después de la crisis de las izquierdas latinoamericanas de los años 2000, llegó la crisis de las derechas populistas de los años 2010.

Un tipo de extremismo político que parece plantear más una forma de expresar y vivir la crisis social y política que una forma de resolverla
; ni Bolsonaro armó ningún Estado Novo neoliberal, ni Trump convirtió a Estados Unidos en Rusia, y hasta el mismo Brexit sufrió un aburridísimo e interminable enpantanamiento por años hasta su resolución final.

La era de la polarización es también la era del empate y del conservadurismo, del gataflorismo colectivo, de la histeria de las redes, de la reafirmación de la identidad por sobre la voluntad de transformación. De una política que no genera nada y solo refleja fielmente, demasiado, las fracturas de su propio electorado. Es la ironía fundamental: nunca se politizó tanto la vida cotidiana y nunca la política sirvió para menos. O al menos en los términos en los que muchos la pensamos: como una herramienta de transformación de la realidad y no sólo una forma de sobrellevarla. 

En la Argentina, esta fue la política de la década pasada, la década huérfana, la que no reivindica nadie. Ni Macri ni Cristina. Y sin embargo, sí fueron: el fracaso colectivo o social no exculpa las responsabilidades principales de aquellos que se sentaron en el sillón de Rivadavia. Lo contrario implica construir una cadena de equivalencias que destruye directamente la idea de poder político, su diferencial, su singularidad y su función. La política no puede imitar a Twitter, el lugar donde también nunca nadie fue

Evitar el regodeo o la explotación impúdica de este escenario de fragmentación, pobreza, estancamiento y crisis es parte del espíritu inicial de Beat, incluso al margen de las diferencias ideológicas que se pueden tener.

Puede ser un pecado de realismo o al menos de un realismo entendido en los términos de un consultorio político poco imaginativo. Creo que es una posición política y cultural, un combate y una causa. 

Por ese motivo, nunca podríamos bailar sobre ninguna grieta, los que bailaron, con globos y música de Gilda, y antes con cadenas nacionales, fueron aquellos que construyeron una formidable y eficaz máquina electoral explotándola hasta el paroxismo, y que construyeron una gobernabilidad basada excluyentemente en jugar al off side contra Cristina, hasta el día que la pelota entró y fue gol. 

Intentamos que las discusiones sean un punto de partida y no un punto de llegada: la identidad nunca puede ser una cárcel. Pero, es cierto, Beat siempre intenta contener esa conversación dentro del marco de un espacio. El resultado hacia afuera, desde el punto de vista político y partidario, está a la vista con el no nacimiento del albertismo. Efectivamente, hay algo ahí que no sucedió. Ideas que no encarnaron, o encarnaron mal. 

Puede ser, claro está, un consuelo frente al fracaso político, pero creo que, en todo caso, la fortuna pone las cosas en su lugar, y tal vez el rol sea otro. Imaginar y proyectar la Argentina que podría ser, la que querríamos que sea.

Ahora bien, el núcleo del problema, más allá de historias personales y políticas, es lo que podríamos llamar “la cuestión del capitalismo”. 

Constituir un capitalismo nacional viable es, en el fondo, el programa de todos. El conflicto, natural, se da en el cómo. Pero incluso si tomamos la versión de mercado más libre y ajustada a las definiciones más contemporáneas, fue en la década del noventa y no en los cuatro años macristas, cuando se pudo encontrar su versión más acabada. Carlos Saúl Menem podría reclamar, con justicia y legitimidad, esa cucarda de campeón del capitalismo realmente existente. Mauricio Macri, con su capitalismo narrado, inmaterial, tuiteado, no. Esa tal vez sea la piedra en el zapato del liberalismo argentino: la versión del sistema capitalista más ajustada a sus creencias y valores fue inventada y regenteada por peronistas, no por liberales.

En el fondo, la pretensión de escriturar como tema propio “el” tema nacional es una operación política típica de esta época, que supone que lo que se enuncia existe y que entonces cree que basta con “cantar pri” para abrochar una idea.

Un concepto que sintoniza con la hipótesis que tuvo el macrismo en su gobierno, uno que parecía sostener en la práctica que bastaba con el acceso de Mauricio Macri al poder para que sucediese el “shock de confianza” necesario y la lluvia de inversiones consiguiente. Una versión perezosa del liberalismo que sostenía que lo único que tenía que hacer el Estado era “correrse” y dejar que las fuerzas productivas hagan lo suyo, opuesta casi en un 100% al activismo reformista estatal que supo tener el menemismo. 

Está reafirmado incluso en “Primer Tiempo”, el libro autobiográfico del ex presidente Macri. En éste todo el programa de reformas, enunciadas en los slogans del Cambio, parece terminar reduciéndose, en un efecto embudo, a la simplificación de trámites por internet. El capitalismo de Macri es una batalla cultural, y de ahí la obsesión por reafirmar siempre la posesión del copyright; si existiese en las cosas, no habría necesidad de escriturarlo. El problema del macrismo, en definitiva, no fue tanto su fracaso final, después de todo, en este país, en los últimos años fracasamos un poco todos, sino ese vacío de partida.

Alfonsín también “fracasó” al final, pero se llevará para siempre en su nombre el signo y la pasión de una profunda agenda institucional y democrática,  incluso a pesar del Punto Final y la Obediencia Debida. ¿Cuál fue el Juicio a las Juntas del macrismo? 

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