El nuevo miedo rojo

El mundo 19 de junio de 2021
Mes a mes, China expande su presencia en el sistema solar. Además de haber posado ya robots en la Luna y en Marte, el gigante asiático comenzó recientemente la construcción de su nueva estación espacial y planea ambiciosas misiones al espacio profundo y una base lunar en una alianza con Rusia.
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Vean esta imagen”, exclama el nuevo administrador de la NASA, Bill Nelson. 

 
En la sesión virtual del Congreso de Estados Unidos, se instala un silencio. El ex astronauta insiste: “Véanla con atención: este es el robot chino que acaba de aterrizar en Marte y anoche mandó esta foto. China es un competidor muy agresivo. Tiene planeado mandar tres grandes misiones al polo sur de la Luna. Allí es donde está el agua. ¿Qué vamos a hacer al respecto?”.

Como ocurrió el 4 de octubre de 1957 cuando el “bip-bip” radial del primer satélite artificial -el Sputnik- lanzado por la Unión Soviética paralizó al mundo (“ningún evento desde Pearl Harbor provocó tantas repercusiones en la vida pública”, escribió el historiador Walter A. McDougall), un nuevo miedo recorre especialmente en Estados Unidos.  

Su dominio se sacude. No solo perdió la exclusividad espacial, tras el avance irrefrenable en las últimas décadas de la Unión Europea, India, Emiratos Árabes Unidos, Japón, del sector privado liderado por los billonarios Elon Musk y Jeff Bezos y Rusia que se niega a quedarse atrás. Ahora quien le pisa los talones es el gigante asiático. Y se lo recuerda foto tras foto, tuit tras tuit.    
La nueva carrera espacial se recalienta. Mes a mes, las piezas se reacomodan. Aunque más que de ajedrez, el tablero se parece al de Monopoly.

La llegada del robot Zhurong al planeta rojo a mediados de mayo marcó la madurez espacial china. Hasta ahora solo las sondas estadounidenses dominaban los aterrizajes en Marte. Los demás países que lo han intentado o bien se han estrellado -los europeos lo saben bien: sondas como la británica Beagle 2 y el Schiaparelli llegaron al cuarto planeta del sistema solar pero hechos añicos- o no se han posado con total éxito, como ocurrió con la sonda soviética Marte 3 (Марс 3) en diciembre de 1971 que 20 segundos después de llegar a la superficie perdió contacto por razones desconocidas.

La expansión roja más allá de los límites físicos de la Tierra, sin embargo, no constituye un capricho nuevo. En los últimos 65 años, China ha logrado avances sustanciales en cohetes, satélites y sondas planetarias, en sus primeros días con la ayuda de ingenieros soviéticos. “¡Nosotros también fabricaremos satélites!”, pronosticó Mao Zedong después del lanzamiento del Sputnik 1. 

La historia espacial de la por entonces República Popular China oficialmente dio inicios cinco años antes del viaje inaugural de Yuri Gagarin en 1961, cuando Qian Xuesen, padre de la tecnología espacial china, estableció el primer instituto de investigación de cohetes y misiles, inspirado tanto en el MIT como en el Instituto de Tecnología de California por donde había pasado antes de colaborar en la fundación del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL).

Mientras estadounidenses y soviéticos corrían hacia la Luna, Qian Xuesen -luego de dejar atrás Estados Unidos donde la caza de brujas del macartismo lo encarceló por comunista- trabajaba en un plan para ingresar en la disputa con una cápsula para dos hombres llamada Shuguang (“Amanecer” en mandarín), similar a la nave espacial Gemini. También conocido como Proyecto 714, el programa llegó a seleccionar 19 candidatos a astronautas en 1971. La convulsión provocada por la  Revolución Cultural entre 1966-1976, sin embargo, condenó la iniciativa al fracaso.

El sueño de Mao de elevar literalmente a la naciente república se volvió realidad recién en abril de 1970 cuando China lanzó con éxito su primer satélite, Dong Fang Hong 1 (“El este es Rojo 1”), que marcó el comienzo de la exploración extraterrestre de la nación. Después de llegar a órbita, el artefacto empezó a transmitir el himno nacional de la república para que todo el mundo lo oiga. Habían llegado. Así estuvo durante veinte días. Aun sigue en órbita y en el calendario: desde entonces cada 24 de abril se celebra en China el Día del Espacio.

El avance rojo se produce rodeado del mayor secretismo. En contraposición al marketing desaforado de la NASA, la agencia espacial china no transmite en vivo sus lanzamientos. Como en cualquier otro tema, la comunicación es controlada férreamente. la Administración Espacial Nacional de China (CNSA) no postea las fotos y comunicados en Twitter sino en la red social local Weibo y en la prensa estatal. Y la barrera lingüística tampoco ayuda.

El programa espacial chino es la encarnación del ascenso de las ambiciones científicas y tecnológicas de esta nación con 1.400 millones  de habitantes que pasó de ser una sociedad agraria atrasada y empobrecida a una potencia industrial -y espacial- en solo 35 años, a tal punto que en 2006 superó a Estados Unidos para convertirse en el mayor productor mundial de gases de efecto invernadero. Se dice que Napoleón alguna vez dijo: “Deja que China duerma, porque cuando el dragón despierte, sacudirá al mundo”.

Con los últimos avances de este país en cuenta, ya no suena descabellado pensar que las primeras palabras dichas en Marte podrían fácilmente ser en mandarín. Como dice la investigadora Molly Silk del Instituto de Investigación de Innovación de Manchester, China no solo ya ha alcanzado a Rusia. También desafía el monopolio de la cultura espacial global mantenido por la NASA desde hace décadas. 

Y en paralelo, acelera su conquista de la imaginación popular: los principales autores actuales de ciencia ficción -la literatura preferida de ingenieros y científicos- son chinos como Cixin Liu (autor de la saga El Problema de los Tres Cuerpos), Baoshu (La redención del tiempo) y autores como Lo Yi-chin, Dung Kai-cheung, Han Song, Chen Qiufan cuya obra se ha recopilado en The Reincarnated Giant: An Anthology of Twenty-First-Century Chinese Science Fiction y Invisible Planets: Contemporary Chinese Science Fiction in Translation de Ken Liu. 

Además de inflar sueños espaciales, este género  ayuda a naturalizar la idea de China como actor interplanetario clave, de la misma manera que la NASA ha explotado la idea del espacio como la “nueva frontera” para desplegar su narrativa colonialista.

El avance rojo incluso esto se aprecia también en Hollywood. De hecho, es la agencia china la que salva a la NASA y al astronauta estadounidense Mark Watney (Matt Damon) varado en Marte en la película The Martian (2015).

Al menos en la ficción, China ya ganó.


   

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