El capitán Beto

El País 13 de junio de 2021
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Las presidencias en esta etapa de la democracia se cuentan a través de sus gafes.

Alfonsín le dijo a uno: “A vos no te va tan mal, gordito”. Le quiso decir: hay hambre pero a vos te sobran hidratos de carbono. No fue meme pero no se pudo sacar esa historia de encima. La víctima de aquella frase era Sergio Valenzuela, un dirigente histórico de ATE de Cutral-Có que el año pasado desgraciadamente falleció de COVID. Valenzuela se pasó la tarde de un acto oficial diciéndole al presidente de aquel entonces que tenían hambre. Fue detenido por desacato. Fue liberado. Fue leyenda. En 1993 en el programa de Jorge Guinzburg “Peor es nada” se reencontraron, se dieron la mano y Alfonsín se disculpó.

Luego vino Menem y la estratósfera. En la apertura de un ciclo lectivo en una escuela de Salta, habló sobre “vuelos espaciales, que van a remontar a la estratósfera, en una hora y media podremos estar desde Argentina en Japón”. Imaginemos por un segundo esa frase dicha ahora. Imaginemos por un segundo la convivencia del menemismo y las redes sociales. De la Rúa y esa tropezada aparición en el programa de Marcelo en la que habló con voz cansina ante la irrupción por el pedido de los presos de La Tablada, que confundió nombre de programa, el canal, nombre de la esposa del conductor, y se fue perdido entre el decorado a los tumbos. ¿Pero esos gafes qué dicen? Dicen más de la época que de los presidentes. 

Alberto, del viejo capitán Beto al capitán Meme, estos días cayó ahí. Y hay que saber caer. Una mala frase es un derecho presidencial.

Había dos ideas sobre las que pivoteó el kirchnerismo para nacer en 2003: autoestima nacional y autoridad presidencial. El presidente Fernández las conoce. De ese kirchnerismo no hizo las canciones, pero produjo el disco.  

Menem se reía de sí mismo antes que se rieran de él. Por eso el antimenemismo corrió casi siempre de atrás. Aunque produjo género de humor y monologuismo político: Gasalla, Pinti, Tato Bores. Tato era más gracioso, pero Menem, más vivo. Sabia que que los países debían tener dos cosas: moneda y presidente. Esa cuenta sacó el riojano. Fundó y fundió. 

Vino De la Rúa, el peor gobierno posible, cuya “autoridad” nos enseñó en vivo el concepto de “doble vínculo”: cuando alguien es colocado en una situación paradójica, como cuando te dicen “sé espontáneo”. Está destinado a salir mal. El orden no se pide, se ejerce. Y la sociedad le dijo que se vaya. Se fue. 

Duhalde hizo más por la Argentina que por él mismo. Fue tan de transición su gobierno, que fue un mal lector de eso otro que hay que leer a la vez: lo que el país necesita pero también los tiempos que tocan. En la deliberada construcción de autoridad que hace todo político inseguro: se hace punitivista. Quiso poner orden y se fue porque mató. Duhalde no inventó la violencia institucional, pero construyó sobre ella y por un instante el vértice de su autoridad. Y terminó víctima de sí mismo. 

Después vino Kirchner, con Zaffaroni bajo un brazo y con el duhaldismo en el otro, pero una decisión intuitiva permite ver su astucia: los de protocolo sabían que sólo los noteros de CQC tenían permitido el acceso a él. Para ellos no había cerco. La tele vengadora de la política tenía ese privilegio porque Kirchner hacía política con la anti política. Midió el pulso de la época. “Los noventa” terminaron ahí. 

Macri cruzó algunos límites. Para Macri lo que tenía que tener mano invisible no era el mercado sino el Estado. Lo más posible. Pero ajustaba tuercas. La vieja foto de él con Tinelli en snapchat era el caldo de una negociación para que ni Mauricio ni Juliana fueran parodiados en Showmatch. En la memoria nacional pesaba tanto la imagen del subsuelo sublevado del 2001 de ahorristas y piqueteros como la enorme imitación de Fredy Villarreal que agarró a De la Rúa tan del hueso que lo profanó. 

A Alberto Fernández le sonó una alarma por estos días. Se vio pasar debajo de la mega producción de memes uno que es el que sostiene los demás: esas máquinas donde con un joystick los niños manejan una garra de metal con cuatro dedos para agarrar un muñeco, el meme en cuestión mostraba una en la que en vez de muñecos había cortes de carne vacuna y un cartel que decía “funciona con billetes de mil”. Todo por mil pesos. Los memes del bajo fondo. ¿De cuántas cosas nos podemos reír? De las que el bolsillo aguante. Esta semana las mejores aclaraciones fueron en actos: volver atrás el zarpazo a monotributistas.

Una fortaleza del gobierno está en lo que no maneja: la oposición. El debate preelectoral de Juntos por el Cambio de cara al 24 de julio, fecha límite para presentar listas de un calendario que arranca en septiembre muestra demasiado las costuras de un frente nacido para gustarles a los que no les gusta la política. ¿Se están peleando o se están reproduciendo? 

Recordemos la historia reciente para ver el random de la Historia: la última vez Macri se puso al hombro la interna PRO para imponer a Larreta por sobre Michetti en la Ciudad. Luego ganó Larreta, que casi se le complica con Lousteau, que hoy es más aliado de Larreta. Después de haber sido embajador de Macri en USA. Detrás de Larreta se ubica Vidal y Bullrich detrás de un Macri sobre un plan de acción metropolitano: Juntos por el Cambio se juega su interna en PBA y CABA. Las dos figuritas huyen de PBA y quieren hacer lo inevitable: ser ganadoras en CABA. Larreta quiere a Santilli en la PBA y Macri a Vidal en PBA. Macri parece jugar más sobre el argumento de los “candidatos naturales” de cada distrito. Así lo dijo Patricia Bullrich. Macri y Bullrich tienen la fortaleza de la identidad: un núcleo de la sociedad fogueado en las calles, las plazas, las redes, contra la infectadura. Ese núcleo de voto sólido tendría más ganas de votar a Bullrich que a Larreta en una interna. Pero Larreta los tiene que convencer de lo obvio: de votarlo a él para ganar. Para ir por todo. 

No hay democracia sin café. Ese gesto define una cultura política. Y es la de Alberto. Su ADN, su GPS. Alberto Fernández muchas veces habla como se habla ahí en esas sobremesas. ¿Qué dijo de nuestra identidad? Casi todo lo mejor que se puede decir sobre eso está acá. Un Fernández para la solución argentina en la era de la identidad. El político más común para la época menos común. Un dato estadístico: van dos Fernández presidentes. Llamarse Fernández suena a ser de ningún lugar. Pero la lengua del café no es la lengua de la diplomacia. Y el presidente dijo macanas porque la bolilla identidad sirve para decir macanas, profesor. A todos nos educó un poco Billiken, un poco Félix Luna, un poco el cancionero nacional, y los cuentos de los abuelos. El presidente quiso aclarar pero no se dio cuenta que ya le habían puesto manos de tijera. Así son los memes, capitán.

Se ha escrito y con razón sobre la Argentina mestiza y originaria. Una parte de la sangre argentina vino en barco, viajó en bodegas malolientes, de a partes, llegaron primero los hombres, después el familión, o al revés: primero la familia, la madre y los hijos y después los hombres. Europa exportaba pueblos. Con medias de lana, de los que hacían cola para tener una tierra prometida. Hombres que señalaban con el dedo la nada. Y decían: ahí levantaré mi edificio, mi iglesia, mi casa. Así fue.

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