La Payunia

Sociedad 05 de junio de 2021
La historia de un pueblo que decidió preservar a los guanacos y logró dar trabajos y retener a los jóvenes
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El viento arrastra arenilla y se cuela por la chimenea. El celular con la pantalla estallada marca las 5.04. Aún faltan unos minutos para que asome el sol y don Jorge ya tomó 2 mates para ir calentando la panza. Con la linterna del teléfono repasa los nombres de los que se comprometieron para el arreo escritos en su cuaderno con espiral. Son 15. Espero que ninguno se duerma, piensa.

La escena, cotidiana para Jorge Soto entre mediados de septiembre y finales de noviembre, sucede en La Payunia: un territorio de más de 25.000 km2, al sudeste de la provincia de Mendoza, donde se encuentra El Payún Matrú, uno de los volcanes de mayor magnitud (3.715 metros) que comenzó a formarse hace unos 150.000 años.

En La Salinilla, uno de los parajes de esa región perteneciente al distrito Agua Escondida (a 180 kilómetros de Malargüe), en 2005, nació una cooperativa que -como no podía ser de otra manera- lleva el nombre de ese poderoso volcán que, en lengua mapuche, significa Barba de chivo. 
La cooperativa está integrada por 20 personas de las cuales 15 son mujeres que ocupan los altos cargos directivos. Creada para proteger y conservar la población de guanacos silvestres -una de las especies salvajes de la zona que estuvo en peligro de extinción- entre sus objetivos está el de mejorar la calidad de vida de los pobladores de La Payunia: una zona considerada inhóspita que apenas supera los 1.000 habitantes. 

La Payunia es una reserva provincial que se constituye sobre la Precordillera de los Andes como uno de los campos volcánicos más extensos de América del Sur. Su paisaje es una planicie de tonalidades negras y rojizas que alcanza los 2.200 metros de altura, cuyas riquezas geológicas y arqueológicas convocan a expertos de todo el mundo.

Según relevamientos realizados por vulcanólogos de la Universidad de Buenos Aires (U.B.A.), el área contiene un promedio de 10,6 volcanes cada 100 kilómetros cuadrados y más de 800 conos contabilizados, aunque se estima que podrían ser muchos más. Estas condiciones convierten a la región del sur mendocino en una de las reservas de volcanes más importantes del planeta.

Con una fauna compuesta mayormente de guanacos también habitan allí el zorro gris, el ñandú petiso, la mara, el chinchillón y aves rapaces como el águila mora. En 2011, los campos volcánicos Llancanelo y Payún Matrú fueron preseleccionados por la Comisión Nacional Argentina de Cooperación con la Unesco (Conaplu) como candidatos para ser declarados Patrimonio Mundial.

Según la declaración, la zona fue elegida “por sus valores paisajísticos únicos en el planeta y por su diversidad en expresiones volcánicas”.

La principal actividad económica de la zona es la cría de animales, principalmente cabras y ovejas. Las prácticas de pastoreo inadecuado y las actividades extractivas sin criterios sustentables han producido la degradación del ecosistema dañando el equilibrio ecológico natural. 

 
Este modo de producción causó también un deterioro cultural y económico en la vida de los productores. Particularmente en el sector agropecuario: una población que tiende a envejecer y que muestra baja predisposición a la adaptación a los nuevos escenarios. 

La creación de la cooperativa marcó un antecedente al ser la primera experiencia de manejo de guanacos silvestres en Argentina -y en el mundo- llevada a cabo por pequeños productores. A lo largo de estos 16 años han desarrollado un mercado para la fibra y productos derivados del uso sustentable del guanaco generando empleos y evitando la emigración de los pobladores a las ciudades, así como también se ha constituido en un espacio para preservar la cultura y las tradiciones locales.

Esquila: una tarea colectiva
Para la esquila de guanacos en silvestría se requiere de una gran logística. Se realiza entre septiembre y noviembre y participan alrededor de 40 operarios y operarias con cuatro fases en la organización del trabajo: arreo, captura, esquila y liberación. 

El arreo se realiza al amanecer, con unos 15 jinetes, que se reparten en tres grupos. A caballo se dirigen a puntos previamente delimitados y guía a los guanacos hacia la infraestructura de captura. Una vez allí son encerrados, con el mayor de los cuidados, y se procede a la esquila que se lleva a cabo en un galpón. 

“Se montan cinco esquiladoras eléctricas. En cada una de ellas se encuentran cuatro personas: un esquilador, dos sujetadores y un lanero. También en el galpón de esquila hay una persona encargada de volcar a una planilla los datos de cada guanaco esquilado y dos personas que colocan los collares de identificación, dos personas afectadas al mantenimiento de equipo y afilado, tres personas en la maniobra de volteo, que consiste en manear al animal con una varilla extensible con sogas en los extremos, diseñada especialmente para este fin. Esta herramienta es colocada al animal ya encapuchado dentro del brete final y volteado sobre la camilla, luego es atado y trasladado hasta la máquina de esquila”, detalla Jorge Soto, uno de los socios fundadores y ex presidente de la cooperativa.

Antes de la liberación del guanaco se le toman muestras biológicas para estudios sanitarios y fisiológicos y se les coloca un radiocollar. Una vez esquilado, el guanaco regresa a su hábitat natural pero es rastreado en forma continua, por personal del CONICET, a través de los radiocollares colocados en su cuello.

 La tarea fina
La lana obtenida tras la esquila es trasladada hasta la hilandería que está equipada con once máquinas Mini Mills canadienses, compradas a través de un consorcio constituido entre el CONICET, el INTI, la Municipalidad de Malargüe y la Cooperativa. 

“Con estas máquinas se atraviesa un proceso desde el descerdado hasta el hilado y enmadejado de las fibras. Las socias y socios se dividen en dos grupos que asisten a trabajar 15 días cada uno. El proceso comienza con dos personas que son las encargadas de hacer el descerdado a mano. Una vez terminado este paso lo pasan por el tambler para terminar de sacar todas las impurezas que pueda tener la fibra, luego la colocan en la lavadora para terminar con la etapa de limpieza”, explica la presidenta de la cooperativa.

El paso siguiente, una vez que la lana ya está limpia, es hacerla pasar por las diferentes máquinas: piquer, descerdadora, cardadora. Así se obtiene la mecha de la fibra para ser hilada, enmadejada y posteriormente colocada en los conos lista para su uso.

“En un primer momento la fibra obtenida en la esquila la procesábamos de manera artesanal. Nos llevaba un largo tiempo obtener un kilo de fibra hilada ya que todo lo hacíamos manualmente. En la actualidad, con las máquinas que pudimos adquirir, esa cantidad de fibra la podemos obtener en un día de trabajo. Es decir que se lograron aumentar los volúmenes de producción y también mejorar la calidad”, cuenta Moraga.

Además de lana del guanaco en Payún Matrú también se obtiene lana de oveja y de cabra (cashmere) y se realizan fieltros a partir del descarte de este procesamiento.

La función social
Ana Martinez es la Secretaria y una de las socias fundadoras de Payún Matrú. Gran parte de su vida transcurre en la planta de la cooperativa y, además, es la encargada de enseñarle las tareas a los socios y socias más jóvenes.

“En la cooperativa trabajan jóvenes que cursaron el secundario en el distrito de Agua Escondida. Se les ofreció ingresar como socios para trabajar en la planta con la intención de que no tengan que emigrar a los centros urbanos”, cuenta Ana a elDiarioAR. “También sumamos a madres solteras y matrimonios que no tienen animales para la crianza que se les hace muy difícil sobrevivir en el lugar, ya que no hay otras actividades productivas que puedan desarrollarse”.

A su vez Payún Matrú ha conformando un cuerpo técnico de jóvenes profesionales, recientemente recibidos, que viven en la ciudad de Malargüe, brindándoles una opción de desarrollo y experiencia laboral. Algunos de ellos son Técnicos en Gestión Ambiental, Técnicos en Turismo y Técnicos en Seguridad e Higiene.

El municipio de Malargüe provee mensualmente a la cooperativa con 600 litros de gasoil que se utilizan para el funcionamiento del grupo electrógeno que alimenta la planta de procesamiento y la planta potabilizadora -que abastece a toda la población del lugar- la sala de primeros auxilios y la casa de los guardaparques.

Desde que la vida transcurre en pandemia las actividades y las ventas han disminuido. “Es muy poco lo que se está realizando, muchas personas no pueden venir a trabajar por los protocolos. Se hace difícil mantener la cooperativa con lo que está sucediendo, como la mayoría de los emprendimientos no estamos ajenos a esto”, dice la presidenta de Payún Matrú.

Para la esquila de este año esperan que el Ministerio de Salud provincial les autorice los protocolos sanitarios. “Además de una fuente laboral Payún Matrú nos identifica como pobladores que nos relacionamos con el cuidado y la preservación del medio ambiente”, dice Melania Moraga.

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