El mapa emocional en España ante el cambio de fase

El mundo 09 de mayo de 2021
Reencuentros familiares, bares llenos o miedo a quedarse atrás.
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“¡Alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual!”. Al filo de la una y media, una multitud coreaba a gritos en la Puerta del Sol de Madrid. Celebraban el fin del toque de queda y se entiende que el resultado era el de la PCR.

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La madrugada del sábado al domingo marcaba la caída del estado de alarma y la fiesta inundó varias capitales españolas. En Barcelona, cientos de personas se reunían en varios puntos, entre ellos la puerta del Tribunal Superior de Justicia, bebiendo y bailando sin tapabocas ni distancia. Las fiestas eran como un monstruo de mil cabezas: se regeneraban cada vez que la guardia urbana obligaba a dispersarlas. En la playa hubo una macrofiesta con un botellón al estilo de fin de año. 

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Más allá de quienes se saltan todas las precauciones lógicas, España tiene ganas. Ganas de salir de fiesta, pero también de reencontrarse con la familia. Ganas de viajar y de trabajar. De volver, más de un año después, a algo que huela a normalidad. En Sevilla, las universitarias Mónica y Sandra, 21 y 22 años, respectuvamente, se enteraron este mismo sábado de que ya no tenían toque de queda y de que podrían ir a una discoteca hasta las dos. Cenicientas, pero al contrario, comentaban: “Saber que puedes volverte a casa sin estar pendiente del reloj es un alivio”. Por razones bien distintas Emisol Prieto, de 70, celebraba en Madrid que ya no haya restricciones de movilidad: su final feliz es poder visitar en Málaga a su hija Mar y pisar la playa. En septiembre le diagnosticaron un cáncer y quimioterapia en plena ola de contagios. Aunque su hija ha podido viajar gracias a un salvoconducto laboral, ella no ha vuelto a coger el AVE. Ya vacunada de la primera dosis y sin necesidad de papeles cuenta los días para comprarse un billete: “Se acabó la espera”.

El sentimiento es el mismo en los restaurantes de Barcelona y las discotecas de Cádiz. De los hoteles levantinos a las pulperías gallegas, el ánimo este sábado ante el fin del estado de alarma era de anticipación ante un nuevo principio, con alguna duda en el aire. “[En la hostelería] hay mucha expectación de cómo se funcionará a partir de ahora, de si la pandemia habrá cambiado los hábitos solo de forma provisional...”, explicaba Eduard Urgell, director general de Angrup, con 17 restaurantes en Barcelona que abrirán de nuevo esta noche.

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En Valencia, donde seguirá habiendo toque de queda a partir de medianoche, la gran novedad es el fin del cierre territorial y la entrada de turistas españoles a los que esperan como agua, literalmente, de mayo. El Ayuntamiento de Gandia, “la playa de Madrid”, colgará este viernes un gran cartel en la A-3 con un efusivo “[email protected]” estampado sobre una orilla que invita a olvidarse del hartazgo pandémico. “Es una forma de darles la bienvenida después de tanto tiempo y de mostrar que no hay nada de la madrileñofobia esa que dicen algunas”, explica el concejal de Turismo y Playas, Vicent Mascarell.

Sin embargo, España no es un ente uniforme. “No hay un solo estado de ánimo”, dice el profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, Josep Lobera, que identifica cuatro actitudes frente al fin del estado de alarma. Primero estarían los que quieren “recuperar el tiempo perdido”, los más expansivos. “Son los que saldrán en la tele, llenando los restaurantes y viajando a la playa”, dice. Serán “los más visibles” y también los que más convienen al sistema: ilustran la luz al final del túnel, el resurgir de la economía y la euforia de los anunciados “felices años veinte”.

En el segundo grupo, están los aliviados, optimistas, pero sin tanta ansia. Según las ciencias sociales, es previsible que en estos grupos la “conveniencia de creer que todo ha acabado rebaje la percepción de riesgo y, por tanto, las medidas de prevención”.

Un tercer grupo serían los precavidos: quienes, por ser vulnerables o por miedo al virus, mantengan las precauciones, porque entienden que lo que acaba, como advierten los epidemiólogos, es el estado de alarma no el riesgo de contagio. También en ese grupo estarían aquellos que hayan descubierto en la “nueva normalidad” un estilo de vida más acorde a sus necesidades, quienes saborean el teletrabajo o el frenazo de la vida prepandémica.

Y luego está el cuarto grupo, el que más interesa al sociólogo Lobera: los que se quedan atrás y en vez de euforia, sienten crecer su ansiedad. “En el confinamiento y el estado de alarma todos teníamos más o menos las mismas reglas, ahora habrá gente que ve que su vida no vuelve a la normalidad, que ha perdido familiares, el trabajo, que se ha distanciado de amistades o tiene una crisis de salud mental a raíz de la pandemia o ha visto transformado algún aspecto central de su vida… Imaginemos un atasco, cuando todo el tráfico está parado, nadie pita, pero si un carril arranca, surge la ansiedad y empieza a sonar el claxon de los que no se mueven”. Este grupo del carril lento es más significativo de lo que podría parecer, advierte el sociólogo. “El optimismo trae una cola de gente que no lo va a disfrutar”.

“Después de siete meses sin poder viajar, lo previsible es que se monte una gorda, aunque la meteorología no va a ser especialmente buena este domingo”, auguraba este sábado el secretario general del sindicato mayoritario de la Ertzaintza, ERNE, Roberto Seijo. Pese al éxodo posible, la Ertzaintza no había previsto este sábado ningún un dispositivo especial. Tampoco los servicios de emergencia ni los Antidisturbios tenían planes específicos ante el cambio de fase.

“Acabamos de pedir refuerzos”, admitía por la tarde un agente de la Guardia Portuaria de Barcelona viendo que la situación en la playa de la Barceloneta estaba más descontrolada de lo previsto. En la orilla, iban creciendo los grupos de jóvenes rodeados de paquetes de latas cerveza. “No esperábamos esto tan pronto”, decía el agente, mientras los jóvenes, sin distancia de seguridad, aplaudían a los grupos de música que amenizaban la caída del sol. “Iremos a casa a cenar, pero a medianoche volvemos fijo”, prometían unas chicas. Sobre la arena, la fiesta por el fin del estado de alarma ya había empezado. Y al final, se lió.

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