No se puede hacer más lento

Política 02 de mayo de 2021
Fernández va entregando en cuotas a los funcionarios que no funcionan. Soluciones morosas en una crisis urgente. Guzmán, una bomba en las alturas del FdT.
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Alberto Fernández no quiso hacer el cambio de gabinete que, a modo de relanzamiento, le había reclamado Cristina Fernández de Kirchner. La lista discutida de funcionarios que no funcionan siguió ocupando sus casilleros en el arranque de 2021. Sin embargo, la crisis, las diferencias y los errores de gestión provocaron en los últimos meses una sangría de ministros que, según parece, todavía no terminó. Entraron Jorge Ferraresi por María Eugenia Bielsa, Carla Vizzotti por Gines Gonzalez García y, este viernes, Alexis Guerrera por el fallecido Mario Meoni. Nicolás Trotta quedó colgado de un pincel. Sin embargo, nada se parece a la crisis que acaba de desatarse en el el momento más inoportuno, cuando la segunda ola pega con más muertes y la falta de camas es bastante más que una amenaza. Desmentida por ahora, la versión de la renuncia del subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, reactivó la tensión interna y profundizó la sensación de que el Gobierno no sólo padece la pandemia. Además, vive afectado por trastornos propios, producto de las diferencias y de la demora a la hora de tomar decisiones.

Esta vez, el Presidente decidió darle forma institucional a una transición que terminó con el nombramiento de Guerrera. En el camino, Katopodis ejecutó una decisión más que importante que ya había tomado Meoni: decretó la prórroga por 90 días de la concesión de la Hidrovía que lleva un cuarto de siglo y que, según había asegurado el Presidente a Página 12 en febrero pasado, no iba a tener ninguna prórroga. Las restricciones en el transporte no se incrementaron, pese a que el virus circula y se expande entre los millones de personas que se mueven todos los días entre el conurbano y la Capital.

A diferencia de lo que pasó con Losardo, que dejó su cargo agobiada por las críticas del cristinismo y dio paso a una discusión interna por copar el Ministerio de Justicia, en el caso de Meoni se sabía que la cartera de Transporte quedaría reservada para el espacio de Sergio Massa, un privilegio que es resultado del acuerdo con Máximo Kirchner y no siempre tiene garantizado el propio Fernández, cuando uno de sus funcionarios cae y es reemplazado por un alfil cristinista. Por lo repentino y dramático, el caso Meoni fue excepcional. Sin embargo, provoca una baja de magnitud en un gabinete que viene de meses de cortocircuitos internos. No sólo el caso Losardo y el vacío prolongado que terminó, finalmente, con el nombramiento de Martín Soria en Justicia, sino, también, el caso del desautorizado Trotta. El Presidente tiene dificultades de comunicación con una parte de los ministros que él mismo eligió y pesa sobre una zona imprecisa del gabinete el ultimátum de CFK en La Plata para los que, según cree, deberían buscarse “otro laburo”. 

Propagada por los voceros de Guzmán, respaldada por el jefe de gabinete, Santiago Cafiero, y desmentida de manera tajante por el Instituto Patria, la versión de la renuncia de Basualdo en Energía expresa un quiebre violento entre los altos mandos del Frente de Todos. Aunque el subsecretario de Energía Eléctrica es en los papeles un funcionario de tercera línea, en lo concreto reporta a La Cámpora y a la vicepresidenta y tiene un poder de veto que obtura las decisiones del ministro de Economía. El choque abre a un escenario por demás incierto y nadie sabe dónde puede terminar. 

Por decisión de Fernández, el año electoral arrancó sin el relanzamiento ni los cambios que propiciaba el cristinismo. La segunda ola y el aumento de los contagios hicieron volar por el aire las proyecciones de Martín Guzmán y convirtieron a la gestión 2021 en una continuidad del extenuante 2020. El oficialismo se juega mucho en los comicios y avanza con lo puesto, sin que le sobre nada. El Presidente parece tomado por dos preocupaciones esenciales hasta que llegue el momento de votar: la necesidad vital de frenar el crecimiento exponencial del virus y la de mantener el equilibrio interno de una alianza de gobierno en la que no le sobran soldados propios que sirvan como relevo. 

La tensión interna persiste en todos los niveles de manera más o menos intensa, preocupa sobre todo cuando escala al vínculo AF-CFK y provoca en Fernández una demora particularmente llamativa a la hora de tomar decisiones que tengan que ver con la gestión.

Es la composición del Frente oficialista la que permite escenas que hubieran sido impensadas durante el fuerte verticalismo que se impuso tanto en el gobierno de Néstor Kirchner como en los de Cristina. Aunque no lo digan hacia afuera, algunos albertistas sienten nostalgia de esa modalidad que ahora reclaman para su jefe y maldicen cada vez que ven que figuras secundarias -incluso que no forman parte del Gobierno- cuestionan a los ministros. La diferencia está en el origen de la candidatura de Fernández, que precisó una transferencia de votos de CFK y ahora lo paga. 

Basualdo se convirtió en el máximo detractor de la política de Guzmán desde su llegada a Energía. Su despido podría sonar lógico en un esquema vertical donde los ministros pesan más que sus subordinados, pero es casi una herejía en un diseño donde la dueña del poder más grande está sentada en el Senado. El caso Basualdo es uno de los que se cuestiona entre los ministros más leales al Presidente y pone de relieve un aspecto que se conjuga con la lentitud de Fernández para cubrir las vacantes que se le presentan en los altos mandos de su gobierno. Guzmán tocó un cable de alta tensión: no está claro si quiere ejercer el poder o ya sabe que no puede y busca irse con ese mensaje. 

 

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