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Tres años sin historia

El País 25/10/2022
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La casi arrasada casa común, el Frente de Todos, sólo ofrece imágenes de fragmentación. La unidad es una palabra que ya no organiza mucho, aunque se la sostenga. 

Los movimientos de la coalición opositora también hablan de un estado de fragmentación. Muchos se preguntan si las elecciones del año que viene, a veinte años de las del 2003, cuando el sistema político “barajó y dio de nuevo”, serán como aquellas. Hoy, de mínima, para existir hay que tensar la interna.

Pero los funcionamientos de estas coaliciones en un aspecto operan en espejo. El lugar central de Mauricio Macri y de Cristina, que ya se ha descrito mucho: concentran los mayores amores y odios, representan las bases más sólidas, pero solos no pueden. Son auditores de la calidad ideológica de sus coaliciones, electores de candidatos y portadores de lapiceras con la puntada final en cierres de lista, aunque hoy y ayer, insuficientes para asegurar el triunfo.

Ocurre que estos liderazgos fuertes pero condicionados, crearon a sus “otros” aliados internos y necesarios, tienen que ser menos de lo mismo. Personajes complementarios, manejables. Se trata de que siempre haya otros, Scioli en 2015, Larreta ahora, que compensen el peso ideológico del líder, sea Cristina, sea Macri.

En definitiva, Larreta y ahora Alberto cumplirían esta ecuación lógica pero fallida: ser elegidos y contemplar sus posibilidades sobre estos “cálculos” que hacen los otros. En 2018 y 2019 Alberto Fernández hizo del silogismo “sin Cristina no se puede, sólo con Cristina no alcanza” su rezo, pero sin liderazgo propio no hay presidencia. Lo que ves es lo que hay: el resultado es que hace demasiado tiempo nos gobierna el empate entre minorías que se bloquean mientras todo empeora. No existe una presidencia prestada. No le sirve ni al que la presta, no quiere inquilinos. Quiere dueños. Y, llegado el caso, quiere órdenes de desalojo para que lleguen otros dueños.

Alberto es el presidente que no fue. No es que no disfrutó el poder, simplemente no quiso liderar y encontró los argumentos que lo justifiquen.

Más allá de plazas e internas en el oficialismo, por lo pronto nadie saca los pies del plato presupuestario, y nadie habla del todo como si fuera gobierno. ¿Quién cuenta a este gobierno? ¿Qué creíbles pueden ser los discursos y las promesas futuras si se eluden las responsabilidades del presente?
El problema de este peronismo y del cristinismo de cara a la sociedad es inédito: es que están en el gobierno. Y ese déficit, la página en blanco de esta gestión, se hace sentir. El peronismo supo contar siempre resistencias y oficialismos. 

El debate sobre Argentina, 1985 nos puede ofrecer una pista para pensar en eso: ¿cuánto provecho simbólico hubiera sacado el peronismo si en 1985 era gobierno e impulsaba el Juicio a las Juntas? Podemos imaginar que desde ese día, hasta en la última escuela de Saldan, saludarían a la bandera así: “señores jueces, nunca más”. Por eso, estos tres años de gobierno del Frente de Todos no fueron sólo tres años donde este peronismo gobernó sin liderar, fueron tres años donde no hizo Historia.

Y eso quedó claro justamente en su día histórico: demasiadas plazas para ningún balcón.

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