Acuerdos

El País 24 de octubre de 2021
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La Argentina no tuvo un Pacto de la Moncloa, pero tuvo la Multipartidaria. No tuvo un Pacto de la Moncloa, pero cuando los militares se sublevaron Alfonsín tuvo a Cafiero. Parafraseando a Machado: se hacen acuerdos al andar. 

Pero a los argentinos nos gusta más pedir la ceremonia del acuerdo que hacerla. Tan así que el que se hizo y firmó a la luz tuvo pésima prensa: el Pacto de Olivos. Dio lugar a una nueva Constitución, pero tardó años en despegarse de su barro de la Historia: la prédica de que sólo sirvió para la reelección de Menem. Alfonsín pagó un precio caro por su firma.  

La cuenta es fácil: si los gobiernos débiles son los que piden acuerdos, el único acuerdo que se podría dar en Argentina es el que pida un gobierno fuerte. No uno contra las cuerdas. Ahora el gobierno se ampara en un contexto indisimulable que ya no puede sólo endilgar a la “herencia” o la pandemia. Pobreza e inflación.

Lo lógico será que para la oposición el llamado al acuerdo será -si se repite el resultado de septiembre- un manotazo de ahogado para un acuerdo de gobernabilidad, y de cara al FMI. El mundo no peronista piensa: les toca hacer el ajuste a ellos. Ni Consenso de Washington ni viento de cola y boom de commodities los salvan esta vez. Lo que se preguntaba al principio del gobierno de Alberto: ¿cómo será un peronismo sin plata?

La política argentina no puede seguir sin mostrar resultados. Hay ejemplos de acuerdos a los ponchazos, construidos en el tiempo. El Mercosur, el acuerdo de juzgar delitos de lesa humanidad, el acuerdo de una política social (AUH). Son acuerdos que funcionan porque existen, porque tienen el consenso, no porque estén grabados en protocolos. No es que en Argentina no hubo nunca voluntad de acuerdo, sino que no hubo ni hay voluntad de protocolizar el acuerdo. Se hace sin solemnidad.

La oposición tiene una salida fácil. Muchos dicen que no hay acuerdo si no se sientan en definitiva Cristina y Macri. Los polos hacen trotskismo: toman listas de quiénes van o no a marchas, de quiénes votan a o no leyes, auditan sus fuerzas. En estos días Massa insistió en poner sobre la mesa la necesidad de un acuerdo.   

Lo cierto es que los años de la grieta están vencidos. El conflicto alimenta ríos de tinta, pero no bocas. Con esta cantidad de pobres, celebrar medidas políticas por su “raíz ideológica” pero desvinculando sus resultados reales, suena a despropósito. El juicio de cada gobierno no es sólo su rumbo ideológico, sino su capacidad de hacer crecer la economía y bajar la pobreza. Ideas y resultados.

Alberto hasta acá quiso hacer algo sin precedentes en la vida política: una presidencia sin liderazgo. La gobernabilidad del peronismo primero, para la gobernabilidad del país después.
Pero el vaciamiento de votos demuestra que los momentos virtuosos del peronismo son cuando hay un peronismo para la Argentina y no una Argentina para el peronismo. En algunas cosas fue un prescindente (hacer un kirchnerismo anticipatorio para que no se lo pidan como Vicentín mezclado con una vocación de avenida de la nada con iniciativas como la Mesa del Hambre). No hay presidencias sin misión histórica. La política del desacuerdo nos convierte en un país de gobiernos bloqueados, con triunfos pírricos muy cada tanto. Los números de la pobreza, los de la inflación, los electorales, son contundentes: no se trata más de quien tiene “la razón”. Con la razón no se come.

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