Lenilda dos Santos

Sociedad 20 de octubre de 2021
La travesía de la enfermera brasileña, de tratar a pacientes con Covid a morir en el desierto estadounidense. Dejó su hogar en la Amazonia rural impulsada por la crisis económica en la era del coronavirus.
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Mientras el coronavirus asolaba el Valle del Paraíso, un remanso flanqueado por granjas en la Amazonia brasileña, Lenilda dos Santos, técnica en enfermería, estaba al frente de batalla.“Durante la pandemia, ella fue una guerrera”, dice Lucineide Oliveira, amiga y compañera de trabajo de Lenilda en el pequeño hospital de la ciudad, falto de personal. “Decía: ‘Si tenemos que morir, moriremos. Pero debemos luchar’”.

Pero una mañana a principios de agosto, mientras las dos mujeres estaban sentadas a la entrada de la guardia de Covid-19, Lenilda anunció que se iba. “¿Cuándo?” preguntó Lucineide a su amiga. “Pronto”, respondió Lenilda. “Volveré”, añadió, buscando tranquilizarla. 

Nunca regresó. Cinco semanas más tarde y a más de 6.000 kilómetros al norte, agentes de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos hallaron el cuerpo de Lenilda en el desierto, cerca de la ciudad de Deming, en Nuevo México. Estaba acurrucada junto a un arbusto de mezquite, vestía borcegos de trabajo color marrón claro y uniforme militar, y no traía consigo más que un pasaporte brasileño azul metido en una riñonera. El capitán Michael Brown, uno de los agentes presentes en el lugar de los hechos, dice: “Le seré sincero, este caso en particular probablemente me afectó más que cualquier otro caso que haya tenido con los inmigrantes en el desierto. Me dolía el corazón por ella”.

La naturaleza del fallecimiento de Lenilda no fue lo único que sorprendió al agente. Su nacionalidad también era inusual en una región donde la mayoría de los que cruzan provienen de México o Centroamérica.

La crisis económica en la era del coronavirus está impulsando un nuevo y peligroso éxodo desde Sudamérica. Las familias de clase media y media-baja huyen de las dificultades económicas, el desempleo y la inflación provocados por la crisis sanitaria.

Muchos de los que abandonan Sudamérica son haitianos que huyeron a países como Brasil y Chile después de que su país de origen fuera azotado por el mortífero terremoto de 2010. El COVID los desarraigó nuevamente: este año, más de 90.000 haitianos han cruzado a pie el Tapón del Darién, un traicionero paso selvático en la frontera entre Colombia y Panamá, con dirección a Estados Unidos.

Pero un número cada vez mayor de sudamericanos también se está desplazando. Más de 46.000 brasileños fueron detenidos en la frontera sur de EE.UU. entre octubre de 2020 y agosto de 2021 —cuando Lenilda emprendió su viaje final—, en comparación con los menos de 18.000 en 2019 y los 284 de la década anterior. El número de ecuatorianos también se ha disparado, con casi 89.000 aprehendidos en el mismo período, frente a unos 13.000 en 2019. 

Los familiares de Lenilda, que trabajó como personal de limpieza en Columbus (Ohio) durante tres años entre 2004 y 2007, dicen que había empezado a planear su huida de Brasil a principios de este año, tras una agotadora temporada luchando contra el Covid-19 en el hospital por solo 1.100 reales (198 dólares estadounidenses) al mes.

En abril, Lenilda voló a México y se entregó a los agentes de inmigración estadounidenses cerca de la ciudad de Mexicali, con la esperanza de que le permitieran quedarse mientras se tramitaba su solicitud de asilo. En cambio, fue arrestada y pasó tres meses en un centro de detención del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en Calexico, antes de ser deportada a Brasil en julio.

“Fue bastante cruel”, dice su hermano Leci Pereira. Pero Lenilda estaba decidida a regresar.

Menos de un mes después, el 12 de agosto, partió de Vale do Paraíso por segunda vez. Se subió a un avión con destino a Ciudad de México y se dirigió a otro tramo de la frontera tras aceptar pagar 25.000 dólares a los traficantes de migrantes para que la guiaran por el desierto desde Ascensión, en el estado mexicano de Chihuahua, hasta una casa segura en Deming.

“Dijo que tardaría dos días y dos noches, porque es un camino largo: más de 50 kilómetros”, cuenta Genifer.

En la madrugada del lunes 6 de septiembre, Lenilda partió hacia la frontera con Estados Unidos junto a tres amigos de la infancia y un contrabandista. “Estaba muy confiada. Parecía muy contenta”, dice Genifer, que recuerda que le habían asegurado que su madre llegaría el jueves.

Sin embargo, las cosas no tardaron en empezar a salir mal, a medida que el grupo atravesaba a duras penas un terreno montañoso en lo que, según Brown, deben haber sido condiciones muy duras. “Desde julio hasta mediados de septiembre es temporada de lluvias para nosotros, así que nos enfrentamos a temperaturas desérticas de verano —de alrededor de 35°C para arriba— y... supongo que, probablemente, un 70% de humedad o más", dice. “Así que debía hacer un calor extraordinario”.

Brown sospecha que Lenilda se quedó atrás a causa del agotamiento y la deshidratación. “No había agua cerca de ella... y [en las] mejores circunstancias en esta zona, en esa época del año y con esa temperatura, habría resistido como máximo tres días sin agua”.

La familia de Lenilda cree que sus compañeros la abandonaron y siguieron adelante el lunes por la tarde. Presa del pánico, Lenilda encendió su teléfono celular para pedir ayuda a sus familiares. “Pídeles que me traigan agua”, recuerda Leci que su hermana suplicaba en un mensaje de voz de WhatsApp. “Me estoy muriendo de sed”.

Lenilda compartió su ubicación en tiempo real y durante las horas siguientes sus angustiados parientes, a miles de kilómetros de distancia en el Amazonas, siguieron sus movimientos mientras cruzaba una desolada tierra remota, habitada principalmente por coyotes, ganado y topos.

Entonces, a las 15:08 hora local del martes, el círculo naranja que indicaba la posición de Lenilda dejó de moverse. “Ese fue el momento en que nos dimos cuenta de que no había sobrevivido”, dice Leci. “Salvó tantas vidas para luego irse a México y perder la suya”.

La policía tardaría otros ocho días en localizar los restos de Lenilda. “Siempre es algo horrible de encontrar. Tu corazón está con ellos. Tan solo están intentando cruzar y encontrar una nueva vida”, dice Brown, que creía que la víctima había estado muy cerca de encontrar ayuda.

“Si hubiera llegado unos 370 metros más al norte, probablemente habría podido ponerse en contacto con alguno de los que viven en una caravana”.

La muerte de Lenilda ha conmocionado a Vale do Paraíso, una comunidad agrícola muy unida que fue fundada por inmigrantes luego de que la dictadura militar brasileña arrasara con la selva tropical tras construir una carretera 50 años atrás. En la entrada del hospital colgaron una cinta negra en reconocimiento a los servicios prestados por Lenilda durante la pandemia. “Era muy querida”, dice Pereira. “Todo el pueblo está de luto”.

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