El adiós de Merkel: Alemania y Europa ante un desafío inédito

El mundo 26 de septiembre de 2021
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Merkel se va. Se despide del poder después de 16 años y lo hace como acostumbra, con ese estilo político singular que ha marcado una era. En Berlín y en Bruselas, donde Alemania ha ejercido de hegemonía de facto durante sus cuatro mandatos consecutivos. Ese hacer político sosegado, racional, posibilista, incremental y en constante búsqueda del compromiso casi a cualquier precio le ha proporcionado incontables éxitos.

Fuera y dentro de su país, convertido en una isla de estabilidad política en medio de una creciente volatilidad internacional, y la ha ensalzado como líder global. Pero a la vez, la canciller eterna ha hipotecado la transformación de una Alemania que acumula reformas pendientes y de una Europa anclada en un statu quo insostenible. Las costuras de su método posibilista se vuelven cada vez más tirantes ante la magnitud de los desafíos a los que se enfrentará su sucesor. La era pos-Merkel se adivina muy agitada.

Valorar el legado y el lugar que la canciller ocupará en los libros de historia requiere aún de tiempo y cierta distancia. Es evidente la mancha imborrable que supusieron las políticas de austeridad alemanas en Europa. O el haber permitido la entrada a más de millón y medio de refugiados en tiempos de nacionalismos xenófobos. El legado de la política de los pasos pequeños trasciende, sin embargo, las grandes decisiones. Es más difuso y complejo. De momento, Alemania se resiste a pasar página y parece querer más Merkel.

Este domingo se celebran las elecciones generales, las primeras en tres lustros a las que no se presenta la canciller y los candidatos compiten por ver quién es más merkeliano. Quién logra transmitir a los ciudadanos esa sensación de seguridad desde el centro político, que a estas alturas sigue cautivando al electorado. Una última encuesta para la televisión pública refleja que un 80% de los alemanes consideran positiva la herencia de Angela Merkel. Si se volviera a presentar, probablemente volvería a ganar. La consideran una funcionaria decente y responsable que aspira a resolver los problemas más a que a pasar a la historia como una gran estadista.

Decisiones meditadas
Las decisiones de Merkel acostumbran a estar ultrameditadas. Consulta a los expertos, reflexiona y vuelve a consultar. En Alemania se ha acuñado incluso un nuevo verbo —merkeln—, en alusión a esa forma de arrastrar los pies y dudar a la hora de decidir. Ese ritmo paquidérmico, a menudo a remolque de encuestas de opinión, ha desesperado a muchos y ha contado también con notables excepciones. La decisión de mantener abiertas las fronteras para los refugiados aquel 4 de septiembre de 2015 o la de cerrar todas las centrales nucleares alemanas tras la catástrofe de Fukushima en 2011 son algunas de ellas.

Otra cosa es hasta qué punto la alemana podría haber hecho más y si podría haber aprovechado su ingente poder y capital político para transformar. “Merkel ha buscado lo posible, aquello para lo que sabía que iba a ser capaz de lograr mayorías. Busca lo posible, no lo necesario. No ha sido una transformadora, ha sido una gestora”, piensa Puglierin, quien cree también que su legado es a la vez producto de una UE dividida y contradictoria a la fuerza.

En Alemania, los más de tres lustros de Gobierno de Merkel han estado marcados por la estabilidad política y la bonanza económica, pero la canciller deja una larga lista de tareas pendientes. Cuando llegó al poder en 2005, Alemania tenía más de cinco millones de parados y se la consideraba el enfermo de Europa. Hoy, la gran economía de la zona euro registra tres millones de parados menos y necesita urgentemente trabajadores en ciertos sectores y regiones. Mientras, buena parte de los refugiados que llegaron a partir de 2015 se han ido incorporando con relativo éxito al mercado laboral.

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