Los volcanes que cambiaron la historia de la humanidad

Sociedad 21 de septiembre de 2021
Las imágenes de la erupción que empezó el domingo en la isla de La Palma en España, encarnan de nuevo el poder destructor de la naturaleza.
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La erupción de un volcán en un remoto rincón de Islandia, de nombre difícilmente pronunciable fuera de la isla nórdica, Eyjafjallajökull, provocó en 2010 la paralización de las comunicaciones aéreas en toda Europa.

Aquella inmensa nube de cenizas simboliza hasta qué punto las grandes explosiones volcánicas son fenómenos globales, con consecuencias que van mucho más allá del lugar en el que se producen.

Hace unos 75.000 años un volcán estuvo a punto de acabar con la humanidad naciente, otra erupción hace 200 años dejó al mundo sin verano y desencadenó el mito de Frankenstein además de una tremenda hambruna global, por no hablar del Vesubio y la destrucción de Pompeya hace 20 siglos. Hay pocos desastres naturales que hayan tenido una influencia tan profunda y duradera en el devenir de la humanidad.

Las imágenes de la erupción que empezó el domingo en la isla de La Palma, la primera en superficie en España desde 1971, encarnan de nuevo el poder destructor de la naturaleza. Puede parecer un pequeño pie de página en la larga historia de los volcanes, pero para aquellos que han perdido sus propiedades o que se enfrentan en vivo a su fuerza desatada en forma de ríos de lava no lo es absoluto. 

“Cuando no está en erupción, un volcán es un gran hogar”, dice Jones en un ensayo. “Los suelos volcánicos son porosos, ricos en agua y nutrientes y muy fértiles. Es frecuente que la deformación de las rocas en torno a los volcanes cree puertos naturales y valles fáciles de defender. La tectónica de placas te garantiza que volverá a producirse un episodio, pero qué generación sufrirá la erupción de mayor envergadura es cosa del azar”.

Eso explica por qué las erupciones volcánicas pueden tener efectos devastadores inmediatos –como ocurrió por ejemplo en las ciudades que rodean al Vesubio en el año 79 de nuestra era, en el que seguramente es el desastre natural más famoso e investigado de la historia–, pero sus consecuencias van mucho más allá del lugar mismo donde se produce la explosión. Y pueden ser tan graves como para poner en peligro la existencia misma de la humanidad.

Otros volcanes europeos, como Santorini y la llamada Erupción Minoica hace 3.500 años, que seguramente dio lugar al mito de la Atlántida, y naturalmente el Vesubio y la destrucción de Pompeya y Herculano, tuvieron una importante influencia en la Antigüedad. De hecho, como cuenta Daisy Dunn en su reciente ensayo Bajo la sombra del Vesubio (Siruela), el hecho de que Plinio el Joven, el gran naturalista romano, fuese testigo de la explosión cerca de la costa napolitana, en la que murió su tío, Plinio el Viejo, cambió completamente la vulcanología. Desde entonces, los volcanes no han dado tregua a Europa.

El 5 y el 10 de abril de 1815, el monte Tambora, situado también en Indonesia, estalló y provocó una nube de cenizas que envolvió todo el planeta. Resulta imposible saber cuántas personas murieron directa o indirectamente, aunque historiadores como Brian Fagan hablan de casi 100.000 en la mayor erupción en 2.000 años. El efecto sobre el clima fue tremendo: en 1816 no hubo verano y un grupo de amigos aprovechó aquel gélido estío para contarse cuentos de terror en una casona en Suiza a orillas del lago Leman. Así nació el mito de Frankenstein, en cuyo prólogo Mary Shelley habla de un “verano húmedo y riguroso”. Aquel monstruo surgió de una gran explosión volcánica para recordarnos hasta qué punto el clima del planeta se sostiene en un delicado equilibrio, que ya no solo rompen los volcanes sino los propios humanos.

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