Quemar las naves

El País 19 de septiembre de 2021
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Forzado por la peor paliza electoral que recibió el peronismo unido en mucho tiempo y acorralado por la puesta en escena de una Cristina que estaba dispuesta a quemar las naves, Alberto decidió finalmente reaccionar y salir hacia adelante.

Dejó de lado el vicio del profesor que pensaba en el largo plazo del que no disponía y pretendía formar en política a un gabinete amateur integrado por funcionarios de generaciones que nunca habían tocado el fuego de la crisis.

Apeló a profesionales del poder criados en la escuela del peronismo, guerreros incombustibles de un largo pasado, rechazados por la oposición que va del arco de Juntos hasta el progresismo oficialista. No son ministros que se distingan por su simpatía sino por una doble condición: su experiencia de gobierno y sus múltiples relaciones con factores de poder. 

El gabinete que armó Fernández apurado no da indicios de caminar hacia ninguna radicalización y genera indigestión progresista. Más bien, parece ser la aparición del peronismo real, dispuesto a avanzar en la defensa del Presidente y del poder. CFK seguirá siendo accionista principal y es posible que crezca su influencia pero la dirección del gobierno sugiere que se da un paso más hacia el pragmatismo. El gobierno tiene pendiente el acuerdo con el Fondo y, si los ministros cuentan con cierta autonomía, hay elementos que pueden abonar la tesis de que se intentará sellar un alto el fuego con el establishment. 

La situación, sin embargo, es de lo más delicada. El Presidente tiene que salir del estado de debilidad en que lo dejaron, en un orden discutible, la crisis, sus propios errores, la derrota electoral y el protagonismo de Cristina. Antes que nada, revertir en 45 días hábiles el escrutinio social que derivó en la catástrofe de las PASO. Después, tratar de no volver a subestimar ninguno de los ítems que el gobierno tiene pendiente. 

Se había dicho. Todo estaba atado al voltaje de la crisis. Publicitada como nunca antes, la tensión en lo más alto confirmó que la unidad del peronismo venía atada con alfileres y no alcanzaba para gobernar las restricciones múltiples. El gobierno de Fernández se autoconvenció de que lo hecho ante la pandemia era suficiente, abrió la economía en un año en el que el virus aumentaba su agresividad y decidió avanzar con la reducción del déficit fiscal, sin ofrecer paliativos de ningún tipo para una población que viene de larguísimos años de padecimientos. Pero Cristina vetó el acuerdo con el Fondo con el argumento de que no servía hacer campaña de la mano del organismo de crédito y el Frente de Todos quedó atrapado en sus diferencias. 

Desordenado y sin el aval político de la vicepresidenta, el ajuste se hizo en el primer semestre sobre el gasto Covid y con la licuación de las jubilaciones y los salarios de los empleados públicos, pero el entendimiento con Kristalina Georgieva se demoró y el oficialismo terminó sin el pan y sin la torta. Sin mejorar los ingresos de la población, sin acordar con el FMI, sin los Derechos Especiales de Giro que se van a destinar a pagarle al Fondo en pocos días y sin el respaldo electoral de la mayoría que lo eligió hace apenas dos años.  

La bala del voto castigo entró también en tierra de Axel Kicillof, donde la participación fue del 68,29% y Victoria Tolosa Paz obtuvo casi 2 millones de votos menos que los que habían reunido en 2017 las listas de Cristina ( 34,21%) y Massa (15,41%) con un total 4.680.880 electores. A eso se sumó la decepción que se expresó en las urnas a través del voto en blanco (372.368) y el voto nulo (132.782), 505.150 voluntades que decidieron no elegir nada cuando vieron el menú electoral. 

Primera conclusión, forzada por la realidad: el voto que le dio la victoria al Frente de Todos es condicional y la paciencia social está agotada. 

Finalmente, están las diferencias públicas que el FDT mantuvo en las previa a las PASO en temas como el de la seguridad y la ausencia de un jefe de campaña nacional, una función que en 2019 cumplió a su manera el propio Alberto, que pasó de operador de Cristina en todo el país a candidato presidencial. A las dificultades del oficialismo para interpelar al votante y a la consigna voluntarista de “la vida que queremos”, se le sumaron otras fallas que notaron lejos de Buenos Aires. 

Para sacarle el cuerpo a la derrota como afirman sus detractores o para impedir que se repita como dice ella, Cristina decidió dejar claras las diferencias en cadena nacional: los Fernández llegaron a las PASO sin resolver el malentendido con respecto a la extraña sociedad que constituyeron en mayo de 2019. A la anomalía de origen, en la que un presidente nace del dedo de su vice, se le suma la falta de claridad en el funcionamiento en el poder y la imposibilidad de ponerse de acuerdo entre los dos figuras. No es apenas una cuestión de formas o de temperamento: existen además trayectorias diferentes y hasta  intereses contradictorios que, en los momentos bisagra, quedan de manifiesto. 

La vicepresidenta necesita revertir cuanto antes la derrota: no cuenta con otro soporte que los votos y no tiene forma de reciclarse en un esquema distinto. Massa, en cambio, exhibe vínculos con todo el sistema político y tiene a su amigo Horacio Rodríguez Larreta esperando, al otro lado de la polarización, con los brazos abiertos. Espera su oportunidad y deja trascender que no entiende la pelea en lo más alto. Nadie puede asegurar que los cambios de gabinete terminaron el viernes y Massa es de los que creen que viene otro escenario después de noviembre.  

En el oficialismo están los que suponen que habrá dos etapas bien definidas. La primera empieza el lunes con la asunción de los nuevos ministros: se buscará combinar el blindaje de la autoridad presidencial con medidas para poner plata en el bolsillo hasta que llegue la hora de votar. Si Mauricio Macri, lo hizo para recuperar votos en 2019, es lógico que el peronismo lo intente, aunque eso lo torne más endeble desde el punto de vista de la macro, lo que le preocupa a Martín Guzmán. Se hará tarde lo que no se hizo a tiempo, por mezquindad, temor o error de cálculo.

Después de los comicios y en base a los apoyos que obtenga, el peronismo verá qué posibilidades tiene de salir adelante. Mientras agita el fantasma de una Cristina voraz, el mercado diseña una ruta hacia 2023 en la que el Gobierno avanza hacia el acuerdo con el Fondo con más gestos al establishment. 

Nada está dicho pero algo parece claro: con fragilidad macro y fragilidad política, la radicalización tiene patas cortas y el Frente de Todos no muestra por ahora el músculo suficiente para tensar por demás.
La caída de las reservas que el Banco Central acumuló durante el primer semestre pondrá a prueba al gobierno ante la presión devaluatoria del mercado. 

El FDT perdió capital político y llegó a un nivel de debilidad innegable con un sinfín de restricciones por delante. Para Cristina, lo peor era volver a un escenario similar al de 2013, el año que muchos evocaron en los últimos días puertas adentro, cuando el peronismo se partió, se inició el principio del fin y comenzó una temporada en la que la cúpula del kirchnerismo quedó arrinconada, entre los márgenes del sistema político y la cárcel. La situación ahora es peor desde todo punto de vista: Argentina tiene una deuda impagable, el Fondo está sentado a la mesa de las decisiones, se duplicó el nivel de inflación y la sociedad está muchísimo peor que hace 8 años.

Si logra remontar este escenario y seguir con vida, el experimento de los Fernández se habrá reencontrado con la épica perdida, un posibilismo bastante parecido a la salvación. 

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