El voto ordenador

El País 13 de septiembre de 2021
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No fue el resultado histórico que Alberto Fernández quería protagonizar. No fue la primera victoria del peronismo kirchnerista después de 16 años. No fue el plebiscito que anunciaban desde la residencia de Olivos y no dio paso a la reelección con la que fantaseaban al lado del Presidente. Lo histórico fue la derrota amarga que el peronismo unido cosechó en todo el país, en especial en la provincia de Buenos Aires, el lugar en el que el cristinismo tiene desde siempre su principal base de adhesiones.  

El resultado sorprendió tanto al oficialismo como a la oposición, que hasta muy poco antes de que se dieran a conocer los primeros números coincidían en anticipar un triunfo oficialista en el distrito más grande del país.  

La centralidad de Cristina Fernández de Kirchner volvió a incidir en los resultados: para sus detractores, es la responsable principal de la derrota; para sus incondicionales, fue la que no pudo evitarla ni disimular los errores del gobierno. El regreso de Sergio Massa, la adhesión de la mayor parte de los movimientos sociales al Frente de Todos, el apoyo del sindicalismo y el rol de los gobernadores no sirvieron para darle al kirchnerismo el plus que representó Fernández en 2019. Si Massa y el resto del peronismo sumaron puntos decisivos hace dos años, hoy ese caudal de votos extra no se nota. O el kirchnerismo los perdió en el camino o sus socios ya no suman lo mismo.

Pasaron tantas cosas estos dos años que nunca pareció tan necesario que la política se vuelva a ordenar con el voto popular. La ansiedad era: ¿qué había al final adentro de esas urnas? Un mensaje demasiado contundente. Un NO. Barajar y dar de nuevo después de casi dos años, en un mandato que sólo tuvo 99 días de gobierno sin Pandemia. Fue a votar una sociedad rota. Muchos están podridos de ser la crítica de esa vida que no entra en el progresismo: la del cheto, la del runner, la de los padres que querían que abran las escuelas, la de los peluqueros. 

La Pandemia nos hizo puré. Y el gobierno la pifió, se encerró en lo que se encierra el kirchnerismo compulsivamente: en la autopercepción equivocada. En no ver la separación de una vida de funcionarios con la vida de los de a pie. Mucha agenda judicial, agenda para adentro, hacer el marco teórico de la crisis, y la piña estaba ahí, a la vuelta de la esquina. El Covid nos puso muy básicos y se necesita una agenda muy básica: menos reforma judicial y más asfalto. Llevamos diez años de inflación desquiciada. Cuarenta por ciento de pobres. ¿Hace cuánto tiempo en la Argentina no se soluciona un problema?  

La Pandemia fue el gran vivir con lo nuestro, más que de la economía, de la sociedad. Y el grado cero del Estado: los médicos curan, los policías reprimen, los maestros enseñan como pueden, los funcionarios no funcionan. El peronismo, que ama el Conurbano, que exporta porteños al Conurbano, que es Tercera Sección Electoral y luego existe, hizo todo lo que había que hacer para gobernar sólo eso en esa sola dimensión: contando respiradores. ¿Y después? ¿Cuándo salís del hospital? ¿Para qué cosas se pedía el voto? 

Algo ya estaba sellado de fondo. El voto castigo. El voto, con el que todos se sienten el David contra el monstruo grande que pisa fuerte. Por un día. 

A dos décadas del estallido de la Convertibilidad, la novedad es la confirmación del bloque de fuerzas no peronistas en una alianza que, pese a sus tensiones internas, no se disuelve y es de lo más competitiva. Las PASO, esa instancia en la que el peronismo solía tener una mejor performance que Juntos, parten de un piso bajísimo de adhesiones para el FDT y, si se repite el escenario de otros comicios, hay que esperar una diferencia más amplia a favor de la oposición en noviembre. De ser así, los Fernández tendrán que encontrar la forma de evitar que la gobernabilidad quede afectada con un gobierno debilitado y caminar hacia 2023 en busca de volver a ser alternativa. El Presidente ya no puede dudar de qué hacen falta cambios, pero ¿cuáles son? En eso tampoco parece haber acuerdo ni claridad. 

Habló Alberto, agarró la derrota sin parecer enojado con lo que la sociedad votó. Al menos dio esa señal. Las elecciones son el día después. Las PASO, más. Los que no lo votaron no están pidiendo “radicalizar”. Al kirchnersismo el trotskismo, ya hemos visto, le queda mal. Al revés: años atrás, el kirchnerismo supo ser mejor lector de sus derrotas que de sus victorias. Se podrá decir de estos dos años que se cuidó tanto la “gobernabilidad” del Frente de Todos que se descuidó el país. Lo que el gobierno hizo bien pareció impagable: no era a cuenta de votos. El gobierno prácticamente sólo se mostró en la Provincia de Buenos Aires. Una campaña con puesta en escena de actos en los que se hablaban entre ellos. Mientras tanto, un kilo de carne parece más caro que un kilo de auto.

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